"Olavarría, Buenos Aires". Un cuento...

Luego de escribir este relato, supuse que era el posible primer capítulo de una novela negra, que podría transcurrir en 1989, en la ciudad de Olavarría, por eso el título. Veremos si avanza en ese sentido, quién dice que en algunos meses no tengamos una breve novelita, tipo folletín negro, que pueda publicarse aquí, de a un capítulo por semana...


“Ya no da más, lo tengo que cambiar, pero no tengo un mango”, dice Sergio, mirando el Fiat 128, blanco, demasiado desgastado, que usa como remís. El otro apenas lo mira en silencio: la obviedad de la afirmación lo exime de comentarios. “¿Quién va a querer subir a esa batata?” piensa, pero no dice nada.
Sentados en un banco de madera, debajo de un eucaliptus, aprovechan la sombra. Hace calor a las tres de la tarde. Un calor tan pegajoso que no lo mitiga ni la sombra, ni el tereré helado. Sergio sigue mirando el 128 blanco, pero no habla. El Gallego camina unos pasos hasta una planta de cedrón, corta un ramito y lo introduce en la jarra de agua en la que también vacía una cubetera de hielo: “con esto tiene otro gusto”.
Julio los mira desde la cocina de la casita, espiando por el espacio que dejan las hojas del ventiluz entreabiertas. No hablan, no porque estén disgustados, sino porque siempre fueron así, callados. Él  es quien motiva las charlas. Los conoce desde la primaria, iban juntos a la escuela. Acá a diez cuadras, en el barrio Los Eucaliptus.
            -Calor del ojete, la puta que lo parió –dice Julio, y se sienta en un taburete de plástico blanco, cerca de los otros dos.
El Gallego le alcanza un tereré, que rechaza. No le gusta esa porquería. Sergio no dice nada.
            -¿Te acordás cuando nos quisimos afanar los huevos de las gallinas del tano Ambrosio? –pregunta Julio sin que se sepa a quién está dirigía la evocación que interpela sólo a uno aunque los tres participaron de la anécdota. Tenían doce años.
El Gallego larga la risa. Se acuerda. Entraron a la noche a los gallineros del tano, querían hacerse unos huevos fritos. A Sergio lo corrió un gallo, armó tanto despelote que el tano apareció con una carabina tirando al aire y a ellos no les dieron las patas para correr a esconderse en la rivera del arroyo.
            -Andá a buscarlo a la terminal –ordena Julio, que está acostumbrado a mandar porque es el comisario de la Segunda. Se dirige a Sergio.
            -¿Yo tengo que ir?
            -¿Y quién si no, boludo? Si el remisero sos vos…
A los treinta minutos aparece de nuevo el 128 blanco, con Sergio y el pasajero.
            -A Sergio ya lo conociste –presenta Julio- este es el Gallego, él es Soria.
Se sientan los cuatro, alrededor de la mesa de madera, debajo de los eucaliptus. Julio pregunta si comió, Soria responde que no, entonces el comisario va hacia la casita: regresa con un chorizo seco, un par de panes, una tabla, un cuchillo tramontina y una cerveza. Sirve cerveza para los tres, el Gallego no se aparta de su tereré.
Soria corta un trozo generoso de chorizo, luego vuelve a cortarlo longitudinalmente y lo pone entre dos panes. Da un primer mordisco, mastica tranquilo, traga y apura un trago de cerveza, recién después pregunta: 
         -¿Qué sabe del pibe, comisario? –se dirige a Julio, por supuesto.
         -Nada que nos dé indicios: un pibe cualquiera de pueblo, sin vínculos con la droga, sin entradas, no participaba en quilombos, no andaba a las piñas a la salida del boliche. Un pibe cualquiera. Nada que pueda sernos útil.
            -¿Habrá subido al ómnibus?
            -Sí, lo vieron, el chofer que le cortó boleto, un par de tipos en la terminal, hasta Sergio lo vio. ¿Vos lo viste llegar, no? –Julio mira al remisero.
Sergio confirma: remera negra con el dibujo de una banda de rock, no recuerda cual. A Sergio no lo sacan de la cumbia. Pero confirma que entró a la terminal, él estaba en la puerta, sobre avenida Príngles, esperando pasajeros.
            -¿Nadie lo vio bajar? –insiste Soria-. Podría haber subido y bajado aquí mismo, antes de que arranque el ómnibus, o podría haber descendido en las estaciones intermedias…
            -Acá no lo vieron, si pensamos que desapareció por voluntad propia lo más lógico hubiese sido bajarse acá nomas, es decir subir y bajar del micro para despistar, pero no lo vieron –informa el comisario.
Soria comienza hacer un diagrama mental: la desaparición podría ser voluntaria o forzosa. En el primer caso, como dice el comisario, la mejor alternativa es subir al ómnibus y bajarse sin ser visto antes de se ponga en marcha. Después eso sería más difícil: en las paradas intermedias los otros pasajeros notarían su ausencia, o bien, en el recuento que hacen los choferes hubiesen detectado en qué pueblo faltó de su asiento. Al menos tendríamos el pueblo donde bajó, pero no hay nada.
Comparte sus especulaciones. Los otros asienten. Si se esfumó voluntariamente bajó acá mismo.
            -Nadie lo vio bajar –afirma el Gallego, que investigó privadamente contratado por la familia – No fue voluntario, lo bajaron en algún lado.
            -¿Y nadie se dio cuenta de dónde ni quiénes lo bajaron? –Soria ve difícil que eso pudiera ocurrir.
            -Por ahí se dieron cuenta… -insinúa Julio.
Soria lo mira. Bajarse de un ómnibus sin que pasajeros ni choferes adviertan la ausencia, es posible, pero bastante improbable. “¿Los choferes?” pregunta Soria. Julio responde con una mueca, mientras se sirve su segundo vaso de cerveza.
            -¿Los interrogaron?
            - Sí, parecen limpios –responde el comisario-. Pero nunca se sabe.
Desaparición voluntaria o forzada. En el origen del viaje, en una intermedia o al arribar a destino. Las alternativas no son muchas, pero al pibe se lo tragó la tierra. Soria repasa mentalmente las diferentes posibilidades, mientras muerde el último trozo del chorizo seco. Ya no hay pan, lo mete entero a su boca y mastica, pensando…
            -Entonces llegó a destino –dice más como producto involuntario de sus pensamientos que como afirmación para que escuchen sus interlocutores.
Llegó a la ciudad, se perdió en la maraña de gente y fue ahí que le pasó algo. Lo mataron, está encerrado en alguna parte o simplemente se fugó por gusto propio sin dejar rastros.
            -Si hubiese sido una piba, pensaríamos en una red de trata –especula el Gallego- pero con un pibe de esa edad no cuadra.
            -A las pendejas las redes de trata, a los pendejos las de narcotráfico –concluye el comisario- pero no es el caso. Este no da. Salvo que lo confundieran.
            -¿Buscó la Federal? –quiere saber Soria.
Julio sonríe sarcásticamente. La Federal. Soria sabe lo que está pensando: “esos soberbios se rascan las bolas, dicen que buscan pero no hacen un carajo”. Lo piensa así, pero está frente a un periodista así que guarda las formas:
            -Ellos dicen que sí.
La charla deriva en otras alternativas, ninguna parece sólida. Una persona no se desvanece en el aire, y mucho menos encerrada en un ómnibus, con otros veinte o treinta pasajeros y un par de choferes, que llevan un recuento prolijo cada vez que se detienen. Soria piensa que es un tema ideal para un policial negro, lo piensa pero descarta escribirlo. Alguno de sus amigos tal vez se interese. Él tiene que escribir apenas un artículo. No muy largo, mil palabras.
Se desinteresa de la charla.
El comisario, el Gallego y Sergio ya dejaron las especulaciones sobre el pibe esfumado y se enfrascan en una discusión sobre las chances de la selección argentina de fútbol en el próximo Mundial de Italia. Los tres, como el resto de los 32 millones de argentinos, son técnicos. Soria no, no le interesa esa discusión bizantina. Repasa posibles entrevistados, la única info destacada es la ausencia de info: nadie sabe nada. Se sabe que subió, y nada más.
A su artículo le sobran 987 palabras, con apenas diez puede resumir todo lo que conocen: un pibe sube a un micro y nadie más sabe nada de él.

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