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Qué ven los gorilas del clientelismo?



 En un Centro de Estudios me invitaron a dar una charla sobre el clientelismo político. Acordamos fecha y título: “Políticas sociales y clientelismo político”. Un título adecuado para la prensa y las invitaciones, pero cuando comencé a pensar en el contenido se me ocurrió uno algo más provocador: “¿Qué ven los gorilas del clientelismo?”.

Con el título formal en las invitaciones y el otro en mi cabeza nos sentamos a hablar con un grupo de unas 50 personas, casi todos peronistas, profesionales del trabajo social o ambas cosas. Amuchados en la sala del Centro de Estudios La Madrid Siglo XXI charlamos casi dos horas sobre la política social, el clientelismo, las prácticas del peronismo, los 12 años K y la derrota de 2015. Cuando dos o más peronistas se juntan, hablen de lo que hablen, terminan buscando razones, repartiendo culpas o haciendo catarsis sobre la derrota, porque no hay nada menos peronista que perder.

Si uno lee los diarios o escucha a la clase media bienpensante, el clientelismo es un simple intercambio entre un político, que otorga bienes o servicios, a un pobre, que le devuelve la gauchada con su voto. Demasiado simple para ser cierto, pero ideal para que se transmita con la velocidad del prejuicio.

Prejuicio contra los pobres, obviamente, porque cuando se habla de clientelismo se habla exclusivamente de la relación entre la política y los pobres. Se olvida prolijamente los favores y devoluciones que existen entre la política y otros sectores más acomodados de la sociedad. Emilio Tenti Fanfani escribió en el prólogo a uno de mis libros: “el clientelismo remite a un conjunto de pequeños ‘favores’ que los políticos hacen a mucha gente. Quedan fuera del concepto los grandes favores que se le hacen a pocos, pero poderosos agentes sociales”.

Con un concepto así un gorila se siente feliz y un medio corporativo cómodo: pueden moralizar sobre los pobres, sin tener que discutir sobre las grandes tajadas que los poderosos extraen del Estado. Adicionalmente, pareciera que el clientelismo es cosa de peronistas. La imagen que queda del relato moralizante es la de una legión de malvados peronistas, repartiendo bolsas o planes por los barrios humildes, a cambio de los votos que le permitirán ganar las próximas elecciones. Pero los peronistas perdieron las elecciones…

El clientelismo no es sólo un intercambio. Remarco la palabra sólo, porque también es un intercambio. Los gorilas creen que es un mero intercambio, un comercio, una transacción. No es así. Es un intercambio pero rodeado de aspectos subjetivos. Esto es un conjunto de creencias, habilidades, repertorios, afectos, conocimiento mutuo entre el puntero y el cliente. Y no se da en el vacío sino en un contexto donde puntero y cliente establecen una relación duradera a lo largo del tiempo, donde el puntero se transforma en “el resolvedor” de problemas del cliente.

Eso es lo que escapa al pensamiento bienpensante: la presencia permanente del puntero, su capacidad de solucionar problemas que los pobres no pueden solucionar por sí mismos, porque el Estado está lejos (o no está).

Antes de que comiencen a pensar que están ante un expositor que sólo ve bondades en el clientelismo me apuro a aclarar: “con esto no estoy diciendo que el clientelismo sea bueno, es un fenómeno negativo, a combatir. Sin clientelismo la democracia es mejor”.

Evita decía “dónde hay una necesidad, hay un derecho”. Ese es el apotegma fundamental de las políticas sociales del peronismo. A los gorilas les molestan los pobres con derechos. Evita reclamaba derechos. Una postura muy poco clientelista. Mis oyentes sonríen ante la cita.

El clientelismo no se combate como proponen los neoliberales: recortando planes sociales y estigmatizando la pobreza. Al contrario, otorgar derechos disminuye las relaciones punteros-clientes. ¿Qué necesitamos para disminuir la potencia del clientelismo político?. Tres cosas:
1.   Un Estado presente en todo el territorio nacional,
2.   Que reconozca los Derechos de quienes padecen necesidades, y
3.   Establezca políticas sociales universales que concreten la satisfacción de esas necesidades.

¿Quién irá a ver a un puntero político, estableciendo una relación en la que también tiene que brindar contraprestaciones en materia política o electoral si puede hacerlo a través de una ventanilla del Estado?. Si cerca de tu casa tenés una oficina estatal donde plantear tu problemática social, allí reconocen tu derecho y si cumplís con determinados criterios de ingreso te permiten el acceso al satisfactor de tu necesidad… ¿por qué razón irías a ver al puntero político?.

Si el Estado no está y la madre necesita medicinas para su hijo, no tendrá más remedio que acudir al puntero. Pero cuando el Estado está, el puntero pierde poder, se queda sin rol. No puede mediar entre las cosas y las personas. El Estado desplaza al puntero.

El problema radica en que el Estado no siempre está, y las necesidades no desaparecen cuando el Estado se repliega. Al contrario. Suelen aumentar. Allí reaparece el puntero, recupera prestigio como “resolvedor” de problemas. Entonces los bienpensantes vuelven a condenar el clientelismo y los gorilas se indignan. El neoliberalismo fomenta el retiro del Estado, y ese retiro, genera el espacio necesario para el fortalecimiento del clientelismo.

Los gorilas no quieren ver eso. Los medios corporativos no van a cuestionar al neoliberalismo porque repliega al Estado. Los punteros están ahí, recuperando su rol. Los gorilas están felices… pueden volver a criticar a los pobres.



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