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Cartoneros bien calzados.

Una noche en Buenos Aires vi una chica que me pareció de clase media, tal vez clase media baja. La piba se asomó a una pila de basura y empezó a juntar cartones. Me desorientó, porque su vestimenta no delataba que pudiera estar cartoneando. Recuerdo sus zapatillas, unas Adidas azules con tres tiras blancas, no de las más costosas, pero buenas zapatillas.

Otra noche en Mar del Plata me ocurrió algo similar con un pibe, de unos veintipico de años. Hurgaba en los residuos con vestimenta que no delataba pobreza. Recordé entonces lo que había observado unos quince días atrás en la Capital. Pero unas pocas horas después vi a un señor mayor, rondaba los 70 años, vestía camisa a cuadros y pantalón de tela gris. Un jubilado cualquiera que se hincó a juntar cartones en una esquina. Pensé que había encontrado algo interesante pero no estaba cirujeando, así que lo miré un rato más. Cuando terminó en esa esquina, caminó unos treinta metros alejándose de mi y volvió a interesarse en otra pila de cartones. Definitivamente estaba juntando cartones.


No hice una investigación sobre esto. Son apenas tres personas, en dos ciudades distintas, que llamaron mi atención por ejercer el cartoneo con vestimentas que mis estructuras mentales no suponían de alguien con tanta necesidad.

La primer explicación que puedo arriesgar proviene de los estudios de la pobreza. En los 90 comenzamos a hablar de "nuevos pobres". Personas que compartían un capital cultural y social con la clase media, pero habían dejado de tener ingresos, básicamente por haber sido expulsados de su trabajo. Vivían en un barrio de clase media, o media-baja, en una casa digna. No padecían lo que se llaman Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) porque no eran pobres estructurales: tenían paredes de mampostería, baño instalado y agua corriente de red. Simplemente, no poseían ingresos económicos para sostenerse. Se los llamó "nuevos pobres".

Los nuevos pobres suelen estar en la zona gris de la línea que separa la pobreza de la no pobreza. Si consiguen un trabajo, salen de la pobreza. Si lo pierden, regresan a ella.

Los doce años de kirchnerismo permitieron que pequeñas mejoras sociales hicieran que aquellos "nuevos" pobres elevaran su nivel de vida, dejando la pobreza, pero no saliendo de la zona peligrosa. Al más mínimo deterioro de la situación social y económica del país, vuelven a caer.

La inflación, la devaluación del peso del 50 %, el aumento de la desocupación y la subocupación hicieron en 2016 que estas personas que se mueven en la zona peligrosa, caigan. Todavía tienen las zapatillas del año pasado, o el pantalón gris de hace cinco años, pero ya no tienen los ingresos que les permiten reponerlos. Tampoco pueden mantener su nivel alimentario. Empiezan a recoger cartones, una de las actividades en las que encuentran refugio cuando se achican las changas de albañilería o el servicio doméstico paga menos.

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