
"Cuando un vocablo acunado en las
ciencias sociales es adoptado por el lenguaje común o el mediático, todo
cambia. La popularización es, en algún sentido, un estadio superior pero
también una zona de riesgo. La palabra “clientelismo”, meneada por
comunicadores y políticos de toda laya, hizo esa transición y los resultados,
en promedio, son decepcionantes. Un fenómeno político-social (con su necesaria
mochila de complejidad, distintos colores locales, mutaciones por razones de
tiempo y de lugar) se transforma en un
adjetivo (des)calificativo, un mote que dispensa al emisor de las obligaciones
de explicarse o aún de pensar.
“Las palabras son instrumento de lucha”
--propone el autor de este libro— “los actores saben de qué hablan cuando usan
los vocablos corrupción o clientelismo en la lucha política”. En muchos casos
quienes luchan lo hacen en un ring que no les interesa. Ese desinterés básico
se trasunta en su verba que, al decir “clientelismo”, quiere expresar es una
relación maciza, poco interesante, entre sometidos y captores, gentes ambas que
no les agradan y que no desean frecuentar. Pablo José Torres, más vale, no
comparte esa mirada, a la vez autoconfortante y perezosa. El clientelismo
merece ser estudiado, desmenuzado, analizado teóricamente y a través de
estudios de campo. Y allá va nuestro autor, ampliando una huella no tan
transitada que han ido abriendo otros sociólogos jóvenes como Javier Auyero y
Denis Merklen.
Torres
se preocupa por definir teóricamente al clientelismo, “una forma de
aprovechamiento privado de lo público”, en diferenciarlo conceptualmente de la
corrupción, sin dejar de lado sus estrechos lazos. Apelando como suele hacer a
referencias académicas interesantes, se permite recordar a los banalizadores
del clientelismo (políticos o divulgadores de clase media) que el fenómeno no
se circunscribe a las clases populares. Echando mano a un jugoso texto de
Emilio Tenti Fanfani recuerda (para muchos seguramente devela) que hay
clientelismo para otras clases sociales, más generoso, más costoso en términos
de recursos públicos que el que (valga la expresión) se focaliza en los pobres.
Ya
que de citas hablamos, los autores que presiden los capítulos de este libro son
bastante misceláneos, agrupándolos la constante de tener un pensamiento
crítico. Esa es la marca de Torres quien, “bajando” a los barrios o “subiendo”
a la teoría social, siempre está debatiendo con alguien. Con sentidos comunes
perezosos, con pontificadores que jamás han visto a su objeto de estudio o de
representación.
El
clientelismo es, para Torres, una degradación de la vida democrática y un
testimonio de la crisis de representación. También un cedazo de relaciones
personales, de cien tonos de gris. Testimonios recogidos por él mismo o por
otros investigadores que pisaron el barro, reflejan un mundo misceláneo de
dirigentes y ciudadanos manipulados que no contradicen pero sí complejizan el
marco teórico. La mirada del autor nada tiene que ver con el miserabilismo de
quienes se conduelen por los clientes sin haberse mezclado nunca con ellos.
Tampoco es piadosa ni complaciente pero sabe ver, escuchar, reseñar,
sistematizar. No es función del prologuista aconsejar fracciones de un libro
que se recomienda in totum, pero valga decir que si hubiera que resaltar
un párrafo que pruebe cuán sugestivo es este texto, elegiría el del capítulo
III en el que Torres describe a los punteros Rolo y Mercedes (peronista y
radical) como personas accesibles, amables, que dialogan con cualquiera en la
calle. Ese relato, que enhebra testimonios recogidos por él mismo, se connota
con una referencia útil para entender que esos vínculos amigables, a fuer de
disimularla, acentúan la dominación.
Torres
dice ser alguien que milita y aspirar a que la lectura de su obra deje más
preguntas que respuestas. Las deja, como ocurre con todo trabajo que incursiona
en un territorio vasto y asume la limitación de su abordaje. Inscripto, a su
modo generacional, en la tradición del ensayo libre, munido de buenas lecturas
y revelando haber visto con sus ojos aquello que pensó con su cabeza Torres sin
duda ayudará a abrir la del lector.
Un
prólogo, categorizaba Borges que escribió muchos y buenos, puede ser una forma
subalterna del brindis o una especie lateral de la crítica. En cualquier caso,
agrega el firmante de estas líneas, debe
ser breve. Y no tiene porque dejar de proponer un módico brindis y haber
insinuado una halagüeña crítica a un libro que no es el fin de ninguna historia
ni de ninguna controversia pero sí un aporte honesto, comprometido y fundado
para un tema que suele ser tan mal tratado como las clases populares".
Mario Wainfeld §
Buenos Aires, abril
de 2006.
§ MARIO WAINFELD es Abogado, recibido en la UBA. Cursó un postgrado
en Ciencias Políticas en la
Universidad de El Salvador. Fue docente de las Universidades
de Buenos Aires, Lomas de Zamora y de El Salvador. Fue creador y, en su segunda
etapa, director de la
Revista UNIDOS. Actualmente se dedica al periodismo. Es
columnista de Pagina/12 (escribe notas de opinión sobre Política Nacional) y
conduce el programa “Mario de Palermo” por Radio de la Ciudad (AM 1110).
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