La apropiación tiene
historia.

No se trataba de hijos de desaparecidos. La
dictadura aún no había llegado, eran mediados de los ’70.
Eran hijos de familias pobres que habían sido
adoptados (tal vez comprados) por familias de clases medias o altas que no
podían tener hijos biológicos.
No había sobre esas familias una condena moral,
todo lo contrario: recibían un aprecio social adicional por haber “salvado la
vida de esos chicos”.
“La apropiación
ilegal de cuerpos y de personas –dice Chababo-, el secuestro de niños mediando la paga de una cantidad simbólica de
dinero, es parte de nuestra tradición cultural”.
Existía un consenso social al respecto. Era
mejor vivir con otros padres una vida de clase media que permanecer en la
pobreza con tus padres verdaderos.
Similar tesis utilizó la última dictadura:
salvaban a los hijos de “los terroristas” permitiéndoles crecer en ambientes
que ellos consideraban más positivos.
Ni siquiera es necesario extenderse en lo
horrendo de ambas tesis.
[1] Chababo, Rubén: “Una tradición de silencios”.
En: Identidad. Construcción social y subjetiva. 1º Coloquio Interdisciplinario
de Abuelas de Plaza de Mayo.
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