Morir en el shopping.

Morir en el Shopping

Mientras recorro la capital de Chile observo que las grandes ciudades se asemejan cada vez más entre si. No importa demasiado el país en que se encuentren. Santiago es una más de esas ciudades: bella, moderna, pujante, dinámica. No muy distinta a Buenos Aires.

Es destino elegido por muchos argentinos: el valor de cambio del dólar estadounidense y las políticas económicas chilenas hicieron de Santiago el lugar elegido por miles de compatriotas para “hacer shopping”. El consumista argentino encuentra en los “malls” de Santiago una especie de éxtasis, que le permite ir de la ropa a los electrónicos, regresar con valijas repletas y con el sabor dulce de “comprar barato”.

Ajeno como soy a esos placeres sólo miro. Las pocas veces que entré a un Shopping en Buenos Aires fue para aprovechar el aire fresco de su refrigeración en días de verano porteño. Pero es domingo, estoy en Santiago, frente a la mole del Costanera Center. De todo lo que puede ofrecer ese lugar lo que más me interesa es la vista panorámica de 360º desde los más de trescientos metros de altura del edificio. 

Pienso en ver a Santiago desde el techo mientras camino para ingresar al Costanera. Un retén del cuerpo de Carabineros, con un par de personas desconsoladas desvía mi atención de la altura del mirador. “Parece que una persona se lanzó del quinto piso”, cuenta la moza de un bar próximo. Me siento a mirar desde bar y observo las contradicciones que comienzan a generarse entre una tarde soleada de domingo, las miles de personas que paladean su placer por el consumo y un tipo que decide lanzarse al vacío. Me hace gracia que la moza utilice el verbo “lanzar” para describir un suicidio, pero es correcto su uso.

Los que lloran alrededor de la combi verde oliva y blanca de Carabineros ya no son cinco. Se duplicaron en los últimos treinta minutos. Llegaron otros deudos, que se acercan a las mujeres que ya estaban y al flaquito de jogging gris Adidas. Especulo que el flaquito, más joven que el resto, era quien compartía con el suicida la visita al shopping. Es el más impactado y desconsolado.

Su desconsuelo hace que sienta más pena por él que por el suicida. Al fin de cuentas éste eligió su destino pero el flaquito del jogging gris quedó aquí, vino a pasear y ahora llora abrazado a varias mujeres que tratan de reconfortarlo. El suicida me parece un pobre tipo desesperado, pero también un desconsiderado para con su acompañante, el flaquito de gris.

La escena de familiares acongojados y Carabineros transcurre en la vereda, a pasos del ingreso. Algunos pocos la observamos, la mayoría entra y sale del centro comercial sin más preocupación que sus compras. Ingresan evaluando cómo hacerlas o se marchan cargando bolsas con lo adquirido. El muerto no es un incordio para la tarde de compras. Chico Buarque de Hollanda cantó en “Construcción” la breve historia de un albañil que cae del edificio que construye y termina “entorpeciendo el sábado”. El muerto del Costanera Center no entorpece nada.

El Shopping son seis pisos hacia arriba y un subsuelo, abarrotados de locales de empresas francesas, italianas, inglesas, argentinas y americanas (yo diría norteamericanas o yanquis, pero ellos prefieren ser americanas a secas). No parece haber pobres entre los caminantes que entran y salen de las tiendas, donde se cruzan Carolina Herrera con Arrow, Swarovski con Americanino, o Rapsodia con Swatch. En la página web del Costanera anuncian 320 tiendas de primerísimas marcas de todo el mundo. Un infeliz que se tira del quinto piso no puede frenar semejante impulso capitalista. Ya dentro observo cómo se resolvió el incordio: una carpa azul en un rinconcito de la planta baja hace discreto al muerto. La mayoría de los paseantes ni llega a advertir que pocos minutos atrás alguien terminó con su vida y está allí, estampillado contra el piso que oculta esa carpita azul oscuro.

Si se mira las vestimentas de los visitantes parecen personas que provienen por ingresos de los estratos medios hacia arriba. Si hay clases medias-bajas o bajas, están bien camufladas. A simple vista no parece haberlas. Trato de observar con atención este detalle. No resulta fácil advertirlo. O no hay pobres o no parece haberlos, lo que tal vez sea la misma cosa.

Detecto un laburante. No viste de overol ni ropa de trabajo, pero es un laburante. Sus botines lo delatan. Lleva un bolsito en la mano. Apenas atraviesa las puertas automáticas de ingreso busca un espacio hacia su derecha. Un recoveco que es el lugar de encuentros. Varias chicas esperan a sus novios: cuando llega lo besan y caminan hacia la zona de tiendas. El laburante pasa a mi lado, busca un sitio alejado en ese sector de descanso, se sienta, abre su bolso saca una botellita de Coca Cola y un sándwich. No vuelvo a verlo como para saber si finalizado su recreo retorna a la calle o también emprende el camino del iluminado y obsceno palacio del consumo.

Escaleras mecánicas para ir de nivel a nivel, vidrieras coloridas, luces, ruido de las charlas, idiomas que se mezclan: europeos, brasileños y el castellano con tonos distintivos que hablamos argentinos y chilenos. Todo se mezcla. Escucho: “siempre leía en las noticias que en el Costanera se suicidaba gente, y mira la primera vez que vengo y me encuentro con que se ha tirado uno” le dice una chica chilena a su amiga. Por esas maravillas de los sentidos la escucho con total claridad mientras camina a mi lado. Advierto que el infeliz “lanzado” desde el quinto piso no es el primero.

Busco otros. Parece que la joven estaba en lo cierto. El 23 de enero de este mismo año, el periodista Ramiro Barreiro escribió en el Diario El País de España: “en Chile existen tres millones de metros cuadrados ocupados por grandes galerías comerciales, que son visitadas por entre 27 y 30 millones de personas al mes. Es el sitio que los chilenos eligen para aprovechar las rebajas, alimentarse, conocer y conquistar a su polola, pasar el domingo junto a la familia y hasta terminar con su vida. Sólo uno de los 79 centros comerciales registró media docena de suicidios en poco más de un año”. Cuando comento el detalle del shopping como lugar elegido por los suicidas mi compañera no parece extrañarse. “Lo mismo pasa en Buenos Aires”, dice.

Con sólo googlear los vocablos “shopping” y “suicidio” se advierte que suele ocurrir también en Argentina: el Diario 26 da cuenta de un suicidio en nota del 13 de agosto de 2008 y La Nación del 1º de abril de 2003 informa de una mujer suicida. Ambos en el Unicenter de Martínez. Hay otros en diferentes centros comerciales. Pero no sólo ocurre en Chile y Argentina: el Correio Braziliense afirma en nota del 2 de mayo de 2009 que doce personas se han suicidado desde el año 2001 en el Centro Comercial Patio Brasil.

Parece una metáfora de una sociedad alienada: miles de personas cada día enloquecen de fiebre consumista en el mismo lugar donde algunos otros buscan morir. Tal vez los unos y los otros compartan una alienación igualmente difícil de comprender.

Camino entre los paseantes del Costanera Center de Santiago que no sólo es un paraíso del consumo sino también un lugar elegido para que la vida termine. Al salir la realidad muestra una nueva paradoja. Una promotora porta un cartel, cuadrado de unos 50 centímetros de lado, sobre su cabeza. Lo lleva de la misma forma en que lo hacen las chicas que anuncian en el boxeo el número de un round que está por comenzar. Ambas manos sobre la cabeza, y el cartel a la vista de todos. Este dice: “sonríe, es domingo”. La promotora lo levanta a unos cinco metros del retén de Carabineros donde siguen los familiares del muerto. Uno de ellos lo advierte, se acerca a la promotora, le explica. La chica baja el cartel, llama a su compañera que está un par de pasos más allá, y ambas salen caminando hacia otro sector. A pedirle la sonrisa de domingo a otra gente, que la que sigue en cercanías del retén de Carabineros no tiene motivos para sonreír, ni aunque sea domingo.




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