“ENTENDER EL CLIENTELISMO Y FORTALECER LA DEMOCRACIA”

por EMILIO TENTI FANFANI

Este es el prólogo que Emilio Tenti Fanfani escribió para mi libro "Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social" (Editorial De la campana, 2002).



1. Propósitos
No cabe duda de que el fenómeno clientelista constituye una de las caras más
criticadas de la democracia representativa. Vivimos en tiempos de crisis aguda de la política.
Esta dimensión estructural de la sociedad argentina no funciona en forma satisfactoria y estable. Muchos son los síntomas de la crisis. Uno de ellos tiene que ver con crisis de la representación política. El vínculo representante-representados se encuentra fuertemente
deteriorado. La mayoría de los ciudadanos siguen adhiriendo al sistema democrático como
modelo ideal de regulación de la convivencia cívica, pero ha perdido la confianza en los
principales actores del juego político. Los políticos gobiernan con base en la inercia social.
Las instituciones políticas reales (los poderes republicanos) no satisfacen las expectativas
ciudadanas. La política como práctica se ha convertido en una especie de juego cerrado,
relativamente inmune a las expectativas y demandas de la sociedad. Pese al desmesurado
interés que los políticos tienen por la imagen que reflejan las encuestas de opinión siguen
actuando más en función de sus intereses como grupo que como representantes del interés
general.
En este contexto, las viejas prácticas clientelares, que siempre formaron la cara menos
"presentable" de la política, hoy tienen un significado muy particular. Sin embargo, acerca
de esta cuestión, predominan más los prejuicios y el sentido común (que no siempre es sabio)
que los análisis empíricos y teóricamente fundamentados.
En este comentario me interesa retomar tres temas. Uno tiene que ver con el estilo
teórico metodológico que caracteriza a este libro. En segundo lugar retomo la discusión
acerca del concepto mismo de clientelismo como relación social. Por último, agrego algunas
reflexiones acerca del fuerte contenido moralizante que tiene el discurso sobre el
clientelismo.


2. Consideraciones teórico-metodológicas
El trabajo de Torres tiene varias cualidades que merecen ser destacadas. Una de ellas
es la perspectiva relacional. El clientelismo no es una substancia, sino una cualidad de una
relación entre agentes. Parafraseando a Weber puede afirmarse que por lo menos se inscribe
en una relación entre "un soberano" (un jefe político, caudillo o líder), un "cuadro
administrativo" (los "mediadores", militantes o funcionarios) y los "dominados" (los famosos
"clientes"). Pero, para evitar todos las limitaciones propias del subjetivismo y el
interaccionismo, el autor incorpora en el esquema analítico a las instancias estructurales (las
"posiciones") donde los agentes actúan (el Estado, el Municipio, los programas sociales, el
partido, los medios de comunicación, etc.). Esta es la única manera de superar la dicotomía
estructuralismo/subjetivismo que permanentemente acecha a las ciencias sociales . En efecto,
la relación políticos/clientes no transcurre en el vacío, es decir, no depende únicamente de la
intencionalidad, los valores, las cualidades personales de los agentes. Estos actúan en un
campo estructurado: el campo de la política y sus instancias, regulaciones, etc. Los actores no
hacen lo que quieren, sino lo que en cierta medida (no completamente) está inscripto en la
posición que cada uno de ellos ocupa en ese espacio estructurado. En otras palabras, los
agentes no son ni simples autómatas de estructuras y posiciones, ni tampoco son individuos
libres, que "hacen lo que quieren" (persiguen intereses, tienen intenciones, saben lo que
hacen, etc.).
Por último, Torres emplea una estrategia analítica que toma en cuenta el proceso. La
relación clientelar tiene una historia, es el resultado de una construcción. Sus modalidades
cambian según los distintos momentos de la historia. En el caso que constituye el objeto de
este estudio, se distinguen dos etapas o momentos típicos: el de la "construcción" y el de la
"consolidación" del sistema clientelar. Ambos tienen sus características distintivas. La
reconstrucción del proceso sirve para recordar que no se trata de un fenómeno en movimiento
que sigue un patrón, que evoluciona y que tiene una autonomía relativa (en relación con lo
que pasa en el contexto más amplio del campo de la política provincial y nacional).
El secreto de la utilidad de este tipo de estudios de caso se basa en el modo de
construir el objeto. Vale la pena recordar aquí que no existen objetos "pequeños". La
relevancia de un objeto no depende de su magnitud física (EL PAMPERO tiene 9000
habitantes y sólo unas 300 familias están implicadas en el sistema clientelar) sino del tipo de
preguntas que se hace el observador. Uno puede hacerse, como lo hace Torres, grandes
preguntas a partir del examen de objetos empíricos relativamente pequeños. Este tipo de
enfoques resulta más productivo que el ensayo pretencioso acerca de los "grandes temas" de
la política y la sociedad, pero vacíos de toda referencia a "las cosas reales" de la política y la
sociedad. En este sentido, este estudio se inscribe en la mejor tradición de la sociología como
disciplina, cuando se propone articular conceptos y lenguajes teóricos con el análisis
detallado, cuidadoso e inteligente de una variada masa de información empírica con una base
local y bien determinada.



3. El clientelismo como relación de intercambio
Se necesita una sociología de la sociología del clientelismo: por ejemplo, se requiere
una crítica del concepto o del uso que se hace del término en el lenguaje común y en el
lenguaje académico. El clientelismo existe en los dos ámbitos... y el peligro es que la ciencia
política adopte sin más el término de sentido común, que se usa en la lucha política. Los
actores saben de qué se habla cuando se habla de clientelismo. Por eso es preciso una
reconstrucción crítica del concepto.
En primer lugar, sugiero hacer una distinción. En verdad, cuando se habla de
clientelismo no se hace referencia a una simple relación de transacción entre políticos y
ciudadanos, sino entre políticos y grupos subordinados o dominados de la sociedad. Pero las
transacciones o intercambio de "dones" no se limitan a esos actores. En general, los políticos
intercambian "favores" no solo con los pobres, sino también con los ricos. En efecto, ¿cómo
calificar las relaciones con los "grandes contribuyentes" de los políticos (empresas,
corporaciones, personajes poderosos, etc.) ? Cuando se tiene en mente esta distinción el
clientelismo aparece como un término (peyorativo) para calificar un determinado conjunto de
intercambios: aquellos que protagonizan los políticos con muchos ciudadanos de los sectores
subordinados de la sociedad. En pocas palabras, el clientelismo remite a un conjunto de
pequeños "favores" que los políticos hacen a mucha gente. Quedan fuera del concepto los
grandes favores que se le hacen a pocos, pero poderosos agentes sociales. Mientras que en
primer caso puede hablarse de una relación de fuerzas que favorece a los políticos, en el
segundo tipo de intercambio los que dominan, por lo general, son los representantes de otros
poderes (económicos, religiosos, sindicales, etc.). Desde este punto de vista, el "clientelismo"
es un concepto potencialmente engañoso ya que potencialmente puede ocultar la
subordinación de la política a intereses particulares poderosos.
Torres escribe acertadamente que "Cuando se reducen los términos del clientelismo a
la mera transacción favores por votos cuestiones como estas quedan desechadas lo cual
impide comprender la complejidad del fenómeno".
¿Qué es lo que verdaderamente se intercambia en la relación clientelar? ¿Qué es lo
que el político distribuye y qué es lo que recibe a cambio? ¿Cuál es el origen de los recursos
de que disponen los políticos? La respuesta a estas preguntas obliga a incluir al Estado y sus
programas redistributivos en el centro del análisis. Esto es lo que hace Torres en su
investigación. Los bienes y servicios que asignan los políticos tienen origen público. Las
políticas asistenciales, por sus características estructurales (discrecionalidad, discontinuidad,
flexibilidad, diversidad, bajo grado de control público del gasto, territorialidad,
particularismo, etc.) constituyen un terreno particularmente fértil para el crecimiento del
fenómeno clientelar. En este sentido, el caso del partido de EL PAMPERO es paradigmático
para mostrar las relaciones que existen entre el clientelismo y las políticas asistenciales del
Estado.
Pero es preciso preguntarse por el estatuto mismo de la relación clientelar. ¿Es
pertinente pensarla como un intercambio comercial formalmente análogo a una relación de
compra venta? ¿Se trata de un intercambio de equivalentes (favores igual votos)? ¿Es una
relación entre agentes que actúan de un modo racional, es decir, que persiguen objetivos
específicos y calculan para maximizar el beneficio o la ganancia? Al parecer, cierto discurso
de sentido común tiende a responder en forma afirmativa a estas y otras preguntas análogas.
Desde esta perspectiva el clientelismo sería una transacción típica en el "mercado de la
política". Este modelo de la acción social ha sido objeto de crítica, incluso en el campo de los
estudios sobre clientelismo. Sin embargo, la crítica no debe incurrir en el error inverso de
creer que la relación clientelar es un caso particular del modelo del intercambio de dones,
típico de las sociedades precapitalistas tan estudiadas por la tradición antropológica. En estos
casos los agentes como sujetos racionales, interesados y calculadores, los valores que se
intercambian no son estrictamente equivalentes, no existe sincronía perfecta en la relación de
intercambio, sino que la devolución de favores lleva su tiempo, variable e incluso incierto,
etc. En síntesis, contra el paradigma del intercambio de equivalentes, típico de la sociedad de
mercado, se tiende a pensar el clientelismo como una relación fuertemente rodeada de
afectos, sentido de obligación, lealtad, compromiso, amistad, etc. que la alejan del paradigma
de la relación comercial e interesada. Lo más probable es que en la realidad de las prácticas,
ambos tipos ideales de intercambio estén más o menos presentes. La investigación muestra
que la realidad de las prácticas clientelares es multiforme y que coexisten situaciones
próximas del modelo del intercambio de dones junto con prácticas que casi replican el
modelo de la compra venta típica de la estructura del mercado. En otras palabras, en qué
medida el interés, el cálculo y la negociación están presentes en la relación clientelar y en qué
medida se trata de una relación donde predomina la obligación, la lealtad, el afecto y la
solidaridad entre las partes no es una cuestión que se dirime en la teoría, sino en el análisis
empírico.



4. El clientelismo como ideología
Como consecuencia de las ambigüedades arriba citadas, el discurso acerca del
clientelismo está permeado de moralina. Por lo general se habla del tema para condenar,
denigrar, acusar y denunciar y no para comprender, entender, explicar. En verdad hay que
decir que se trata de un pseudo concepto que habría que seguir utilizando en la medida en que
se lo defina en formar rigurosa. Toda importación de términos del campo político ideológico
al campo intelectual es una operación de riesgo si no se toman alguna precauciones. Los
términos que se usan en la lucha política tienen otra racionalidad, han sido hechos y se usan
con otra finalidad: son armas en la lucha política. Los conceptos deben servir para
comprender: no para condenar o justificar.
La mayoría habla del tema para formular condenas morales. Incluso lo hacen sus
protagonistas: políticos y "clientes". La experiencia indica que la condena moral es por lo
menos estéril para erradicar el fenómeno. Es probable que una explicación racional, fundada
en los hechos y orientada por un punto de vista específicamente sociológico puede ser de
utilidad al momento de construir una ciudadanía más autónoma y activa. Por eso no basta con
cambiar el signo del discurso y pasar de la condena a la condescendencia. En otras palabras,
no se supera el enfoque moralizante simplemente banalizando o normalizando el fenómeno.
El discurso justificatorio no resuelve los inconvenientes de la condena moral. Torres es
consciente de este desafío y lo resuelve correctamente, es decir, sin renunciar a una necesaria
crítica y superación de los defectos de la democracia argentina real.
En tiempos de crisis, es preciso recordar que la tarea y el "valor agregado" que pueden
aportar las ciencias sociales dependen del cumplimiento lo más estricto posible del sabio
consejo de Espinoza: "Non ridere, non lugere neque detestari, sed intelligere" (No reír ni
ironizar ni detestar, sino comprender).



Emilio Tenti Fanfani es Licenciado en Ciencias Políticas y Sociales, Diplôme Supérieur d’Etudes et
Recherches Politiques, investigador independiente del Conicet, profesor titular en la Facultad de Ciencias
Sociales (UBA), autor entre otros de “La Escue la Vacía”; “El Estado Benefactor: Un Paradigma en Crisis”
(junto a Isuani y Lo Vuolo); “La Mano Izquierda del Estado. La Asistencia Social según sus Beneficiarios” (con
Lumi y Golbert); y “Estado Democrático y Política Social” (con Isuani).
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