Rafael Correa: el hombre fuerte de Ecuador.


Lecturas.
Publicado en Revista Gatopardo.

Rafael Correa sonríe. Está de pie junto al papa Francisco, y en el rostro se le dibujan todas las muecas posibles de satisfacción. El viento quiteño, en el aeropuerto de Tababela, ha desprendido el solideo de la cabeza del pontífice apenas puso un pie fuera del Airbus 330-200 que lo trajo desde Italia. Es 5 de julio de 2015 y al presidente del Ecuador se le ha cumplido el milagro. Luego de casi un mes continuo de manifestaciones en su contra, las más prolongadas desde que asumió el poder en enero de 2007, la visita oficial del Papa ha amainado los exacerbados ánimos callejeros, extendidos a varias provincias del país.
—Santo Padre, en lo personal, jamás acabaré de darle gracias a Dios y a la vida por todos los privilegios que me ha dado. Entre ellos, poder conocerlo y recibirlo en mi patria —le dice Correa al Papa.

Un mes antes, en junio de 2015, el frío arreciaba en Quito. Era junio de un falso verano, a 2,500 metros sobre el nivel del mar. Una convocatoria, mayormente virtual, había hecho que una gran cantidad de gente se reuniera en la Tribuna de los Shyris, refugio del malestar ciudadano, sobre todo de la clase media quiteña. Policías con trajes especiales y escudos con leyendas como “Soy Policía y Hermano también”, formaban un muro de cuerpos para evitar los enfrentamientos entre las banderas verdes de los defensores de Correa y las banderas negras de sus opositores. Los de “luto”, como se les llama, protestaban en contra de las salvaguardias arancelarias para ciertas importaciones aprobadas en marzo de ese año; de los proyectos de ley que el gobierno central había enviado a la Asamblea Nacional para incrementar los impuestos a la herencia, a la plusvalía, y de un veto a la Ley Orgánica de Régimen Especial de la Provincia de Galápagos, que ajusta los salarios de ese territorio con base en el índice del precio al consumidor.
“Es una protesta de acomodados, de ‘pelucones’ (personas con mucho dinero), de gente sin conciencia de clase que se queja por medidas que no afectan derechos ni servicios básicos”, decían quienes ven a Correa como el hombre que, además de transformar la infraestructura vial, hospitalaria, educativa y productiva del país, les devolvió la dignidad. “No es sólo una protesta coyuntural, es el resultado del hartazgo, de la prepotencia, del irresponsable e innecesario gasto del gobierno”, decían quienes acusan a Correa de machista, autoritario, censor de la prensa, criminalizador de la lucha social y destructor de los pueblos y de la naturaleza.
El enfrentamiento entre ambos sectores se extendió más allá de junio. El 13 de agosto de 2015, el Frente Unitario de Trabajadores y la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador convocaron a un paro nacional para oponerse a las enmiendas constitucionales impulsadas por la Revolución ciudadana (como se autonombró el proyecto político de Rafael Correa) que implicaban cambios en la Carta Magna. Entre los puntos más controversiales de las enmiendas (15 en total y aprobadas por la mayoría de la Asamblea Nacional a finales de ese año) se definía a la comunicación como un “servicio público que se prestará a través de medios públicos, privados y comunitarios”, y se decía que “las autoridades de elección popular podrán postularse para reelegirse, entre ellos el presidente de la República”. En este último punto se incluyó una disposición transitoria que establecía que la reelección entraría en vigencia desde el 24 de mayo de 2017, bloqueando la posibilidad de que el actual mandatario pudiera postularse de nuevo.
Pero a Correa, vestido con un terno azul con su usual camisa otavaleña blanca bordada de detalles precolombinos, la tarde de julio en que recibe al Papa no se le agota el gozo. Ni el frío, ni el viento, ni el eco de las protestas del último mes le desinflan el pecho orgulloso. “Le agradezco, señor presidente, sus palabras. Le agradezco su consonancia con mi pensamiento, me ha citado demasiado. Gracias, a las que correspondo con mis mejores deseos para el ejercicio de su misión: que pueda lograr lo que quiere para el bien de su pueblo”, le responde el Papa.
Apenas un día antes, en el programa televisivo y radial Enlace ciudadano 431, el espacio semanal que el gobierno inauguró en 2007 y que es conducido por el presidente durante las cuatro horas que dura la transmisión, el rostro de Rafael Correa se veía tenso, y sus ojos de color verde claro, furiosos. “Ustedes saben la situación política del país. Tenemos un inmenso apoyo nacional, un reconocimiento importante internacional. Aquí van a mandar las mayorías, no unos cuantos”, decía, mientras elevaba su voz ronca con un débil dejo costeño. Y enfatizaba: “Sencillamente somos más, muchísimos más y les gritaremos: ‘Fuera, golpistas, fuera’ ”. Después, pidió una canción de Inti-Illimani, Por ti vamos a vencer, y la coreó con el puño izquierdo alzado mientras sus ojos desaparecían por el gesto de su boca, ampliada en una enorme sonrisa.
Rafael Correa terminará su mandato en el primer semestre del 2017 luego de haber sido presidente de Ecuador a lo largo de diez años y tras tres elecciones (2006, 2009 y 2013), las dos últimas ganadas en primera vuelta y con alto respaldo popular. Pero hoy siente el desgaste de su credibilidad, agudizado por una sostenida desaceleración económica (que, según él, “académicamente” no puede llamarse crisis), y por una falta de confianza en las instituciones del Estado (sobre todo después de que, en diciembre de 2015, la Asamblea Nacional modificara una vez más la Constitución que estaba hecha para durar por “más de 100 años”, como dijo el bloque oficialista cuando la concibió en 2008).
Primer mandatario de un país que depende en gran parte de la explotación de recursos fósiles y con el precio del petróleo a la baja —entre los 20 y 50 dólares en lo que va del año—, en medio de una de las peores crisis humanitarias de los últimos 40 años tras un terremoto de 7.8 grados en la escala de Richter que devastó varias zonas costeras del país el pasado 16 de abril y que dejó 670 muertos, 6 desaparecidos y 9,002 personas en albergues y refugios (aunque las cifras cambian y se actualizan todos los días desde entonces), Correa, que solía mostrarse seguro de que con mucha “creatividad” superaría los aprietos económicos, ahora aparece en cadena nacional con rostro severo para decir: “Así como son grandes las tragedias, más grande es el espíritu ecuatoriano”.
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Correa nació el 6 de abril de 1963 en un hogar de clase media baja y fue el tercero de cuatro hermanos: primero Fabricio, luego Pierina y después Bernarda, que murió ahogada en una piscina de un condominio del sector Urdesa a los 11, cuando él tenía 14. Se convirtió así en el último hijo de Norma Delgado Rendón y Rafael Correa Icaza, que se casaron en 1958 y se separaron 14 años después, en 1972, cuando su hijo Rafael tenía apenas 8. El divorcio ocurrió después de una situación extrema. El padre de Rafael Correa nunca tuvo un trabajo estable. Fue comerciante y en 1967 partió a los Estados Unidos con la promesa de encontrar un futuro mejor y enviar dinero a su familia. Sin embargo, un año después fue encarcelado en aquel país, acusado de haber transportado 2 kilos de cocaína de Atlanta a Nueva York. Lo condenaron a 5 años y medio de prisión, que se vieron reducidos a tres por buen comportamiento, de modo que fue liberado en 1971. Ese mismo año regresó a Ecuador, y al siguiente se divorció y se fue a vivir con su madre.
Su mujer, Norma Delgado, de estatura pequeña y piel cobriza, estudió hasta el quinto año de colegio, y es descendiente del expresidente, general y líder de la Revolución liberal Eloy Alfaro Delgado, tío abuelo de su padre, Simón Valentín Delgado Cepeda. Aunque ella nunca incursionó en la política y se dedicó a trabajar (fue desde secretaria hasta dependienta de un supermercado para llevar adelante el hogar luego del divorcio), su hijo, cuando llegara a presidente, tomaría como emblema de su mandato la figura de Alfaro, quien fue arrastrado el 28 de enero de 1912 desde el penal García Moreno hasta el parque El Ejido, en Quito, para ser quemado vivo públicamente. —¡Prohibido olvidar! ¡¿Quiénes fueron los enemigos de la Revolución liberal, quiénes fueron los enemigos de Alfaro, quiénes fueron los cómplices, incluso autores, de ese magnicidio, de la Hoguera Bárbara, del cruel, del cobarde asesinato?! Fue una prensa corrupta que escribía editoriales malintencionadas, manipuladores, incitadores a la violencia. Nos honra que la Revolución ciudadana tenga los mismos enemigos que tuvo la Revolución liberal —dijo Correa en un discurso de 2011, cuando entregó una espada del general al mausoleo de Ciudad Alfaro, en Montecristi, Manabí.
La línea paterna de la familia había manejado una de las haciendas más importantes de arroz en la provincia de Los Ríos. Habían sido respetados comerciantes de la costa ecuatoriana, pero la hacienda quebró, y el padre de Rafael Correa —que se llamaba Rafael como, a su vez, se llamaba su propio padre— sólo heredó problemas económicos.
—Mi papá y sus hermanos vivieron en una extrema pobreza, eso hizo que él sea rebelde, que resienta su relación con mi abuelo Rafael —recordaba Fabricio Correa, el hermano mayor de Rafael Correa, en una entrevista para cnn, en diciembre de 2010—. Mi papá también se llamaba Rafael y (…) desafiaba la autoridad, por lo que decidió que a mí no me iba a llamar así, para romper con esa tradición de los ‘rafaeles’ dentro de la familia.
Fabricio Correa es ingeniero, empresario, dueño de varias compañías constructoras, inmobiliarias y de servicios, y parece una versión canosa de su hermano Rafael. En aquella entrevista con la cnn decía, con tono de predicador: “Mi abuelo era un hombre soñador que quería salvar la patria como la queremos salvar hoy y se dedicó a desarrollar coloquios intelectuales; hasta terminó haciendo un libro que se llamó República y solución, del cual yo tengo los manuscritos (…) Rafael es idéntico en comportamiento a mi papá y a mi abuelo, hasta tienen las firmas similares”.
Cuando estaba a punto de nacer quien sería el futuro presidente de Ecuador, su abuelo —Rafael— le rogó a Norma Delgado, su nuera, que si el niño era “machito” le pusiera su nombre para no perder el linaje. Norma estuvo de acuerdo, y así sucedió: el niño fue bautizado Rafael Vicente. La familia vivía en un departamento arrendado de construcción mixta, en el que las paredes internas de madera con varengas no llegaban hasta el techo, en el centro de la ciudad de Guayaquil, en la esquina de las calles Tomás Martínez y Baquerizo Moreno, justo frente al colegio católico San José La Salle, donde Correa estudió la escuela primaria y la secundaria. “Veinte años viví en el mismo barrio, en unas cuantas cuadras se centraba mi vida: casa, estudios y amigos, lo más importante”, suele repetir.
De niño, ‘Rafico’, como lo conocían en el barrio, usaba pantalones cortos, lentes de pasta gruesa, y peinaba hacia la derecha el cabello negro y frondoso. Con el tiempo la visión mejoró sola, hasta que en la adolescencia dejó de usar lentes, casi como un gesto hormonal de consideración con su madre, quien tenía que comprarle, con el poco dinero que tenía, los anteojos que él perdía a cada momento cuando salía de casa.
—Ellos vivían en el segundo piso, nosotros justo abajo. Rafael era un buen amigo y vecino. Yo era conserje del colegio donde estudiaba y, de vez en cuando, él llegaba atrasado y lo hacía entrar por otro lado —dice Ovidio Rodríguez con la barba salpicada de sudor.
Ovidio Rodríguez tiene más de 70 años, la piel curtida y es dueño de un pequeño negocio que funciona como abacería, bazar y vivienda, y que aún está debajo de donde vivía Rafael Correa.
—No le gustaba mucho salir a fiestas, aunque era bien inquieto y jugaba con su gallada del barrio. Él era el más recatado de sus hermanos. Pasaba más tiempo en casa con su mamá, era su mimado. Poco traté con su papá. Él los venía a ver los fines de semana y los sacaba a pasear en una camioneta Ford vieja. A veces iban todos, más que nada los varones.
De las paredes de su tienda cuelgan imágenes de su vecino, ahora presidente, y una bandera verde de Alianza País, el movimiento político que fundó Correa y con el que ganó las elecciones en 2006.
—Rafael es un buen hombre, a los más chicos siempre los defendía.
Gloria Andrade, esposa de Rodríguez, piensa lo mismo pero prefiere no hablar. Se mantiene al margen, sentada a horcajadas en una silla de plástico, y luce molesta. Está cansada de que le pregunten sobre Correa y sólo atina a afirmar con la cabeza cada vez que Ovidio abre la boca. Lo único que dice viene bajo la forma de una advertencia:
—Sólo sepa que Rafael es un hombre a quien lo juzgan y atacan mucho porque no lo conocen. Él siempre se preocupó del resto.
Ovidio y Gloria recuerdan a Correa como un niño hacendoso. Lo veían cruzar de lunes a viernes la Tomás Martínez, esa agrietada calle que separaba su casa del que fue su colegio durante 12 años, cuya fachada se asemeja más a la entrada de una iglesia que a un centro educativo. Los sábados la rutina cambiaba, y él y sus hermanos se sentaban en el banco que estaba frente a la tienda de sus vecinos a esperar que su padre, que ya estaba divorciado de su madre, los pasara a buscar.
Más que un paseo de fin de semana, esas salidas con el padre implicaban un reconocimiento a fondo del territorio de la ciudad de Guayaquil: remaban en el Estero Salado, sacaban ostiones debajo del puente 5 de junio, pescaban jaibas en las Esclusas, recorrían el cementerio donde visitaban la tumba del abuelo paterno y las esculturas de mármol de carrara, trepaban el cerro del Carmen para recolectar ciruelas de los árboles, cruzaban el río Guayas en las lanchas del antiguo ferrocarril. Y así, la infancia.
“Nos llevábamos muy bien (con mi exmarido), nunca prohibí que fuera a la casa a ver a sus hijos. A pesar del divorcio existió una buena comunicación. Él podía ir a la hora que fuera; yo llegaba del trabajo y a veces lo encontraba almorzando con sus hijos, que era lo que yo quería: que si no estaba, pues, que comiera él con ellos… y así era”, contaba Norma Delgado en una entrevista de 2012 para la revista Encontexto.
“Mi papito no era muy estable, era de carreras cortas. Tenía la tendencia a desafiar la ley. Parecido el temperamento al de mi hermano”, decía Fabricio Correa en una nota de El Comercio de junio de 2010.
“Tuve una niñez muy dura. Cuando tenía cinco años, mi padre, un desempleado, llevó droga a Estados Unidos y cayó preso. Él fue víctima del sistema, no era un delincuente, fue un desempleado que desesperadamente buscó alimentos”, dijo Rafael Correa en abril de 2007 en una emisión de su programa Enlace ciudadano.
El padre del presidente se casó una vez más, con Azucena Calvache, y en 1995, en Guayaquil, se quitó la vida. Hay dos versiones: una, que dice que se habría ahorcado; otra, que dice que se pegó un tiro. En todo caso, sus hijos siempre han preferido callar sobre eso.
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Norma Delgado fue, durante la infancia del presidente, la persona al frente de la casa. Luego del divorcio, trabajó preparando comida por encargo y en la cadena de supermercados Mi Comisariato por 15 años. Otras dos mujeres (Mercedes Hurtado Quiñónez “Meche” y Beatriz Sánchez Sotelo “Betina”) cuidaban, entre el día y la tarde, a sus hijos todavía pequeños. Católica ferviente y convencida, en los intersticios de su jornada laboral Norma Delgado solía rezar el rosario de María Auxiliadora. También tomaba clases de religión para interpretar la Biblia. Participaba, y participa hasta hoy, en congregaciones católicas como la del Señor de la Misericordia, donde conoció y se hizo devota de Sor Faustina, la primera santa que vio al Jesús de la Misericordia que, en una revelación, le dijo: “Ningún pecado, aunque sea un abismo de corrupción, agotará mi misericordia”. Cuando Rafael Correa ingresó a la universidad, en 1971, Norma partió hacia los Estados Unidos para cuidar de sus padres, quienes vivían allí desde hace más de 20 años.
—Rafael siempre fue molestoso, cargoso y con Fabricio tenía más toques (roces) —dice Pierina, hermana del presidente, arquitecta y actual presidenta de la Federación Deportiva del Guayas—. Cuando Rafael ingresó a los Boy Scouts, Fabricio también se metió para hacerle la vida de a cuadritos. En cambio, conmigo las discusiones iban por otro lado. Rafael era jalisco y siempre quería ganar. Yo le decía ‘no, no tienes la razón’, y él decía que ‘sí, sí la tengo’, y yo ‘que no, no la tienes, Rafico’, y el otro que ‘sí, que eres boba’, y yo ‘lo que tú quieras, pero no es así’. Rafael es impetuoso, vehemente. Es dos años menor que yo, pero parece mayor por diez.
Pierina Correa es la que más se parece a su madre. Usa lentes, tiene la piel morena y rugosa alrededor de los ojos. Lleva el pelo, ligeramente canoso, recogido con una cola de caballo y habla con parsimonia, como si narrara un cuento para niños mientras la intensa lluvia de Guayaquil arremete contra las ventanas de su oficina en la Federación Deportiva. Eleva y endurece su índice derecho para recalcar cada recuerdo feliz. La penuria económica en el hogar era tanta que, a los 7 años, Pierina fue enviada a los Estados Unidos para vivir con sus abuelos maternos, pero cuando cumplió 10 regresó a Guayaquil.
—Nos inventábamos formas para divertirnos. Apagábamos todas las luces de la casa, prendíamos unas linternas y hacíamos como que estábamos en una discoteca. Jugábamos al ñoco (canicas) aprovechando las hendiduras de las tablas de nuestra casa carcomida por los años y también nos trepábamos como gatos por toda la parte superior de las paredes, a tal punto que un día mi hermana menor, Bernardita, se cayó, se mordió la lengua y se fue en hemorragia. Envuelta en sábanas corrimos a la clínica de Guayaquil que estaba a cuadra y media de la casa y la salvaron, pues luego me enteré que en el quirófano sufrió un paro respiratorio. Años después murió ahogada —recuerda Pierina mientras su dedo índice contornea una taza roja de café que ha dejado intacta—. Cuando le sacas el tema de Bernardita a Rafael siempre se quiebra, era con la que más se llevaba, por la edad.
“Rafiquito casi se bota por la ventana de la desesperación, pero sus amigos, entre ellos Panchito Latorre, lo cogieron”, dice en una nota del diario Extra de 2011 Mercedes Hurtado, una de sus nanas, quien recuerda con pocos detalles, como el resto de la familia, la muerte de Bernarda. Dos años después del fallecimiento de Bernardita, Mercedes perdió una hija, de la misma edad que tenía la hermana de Rafael al morir. Como no tenía dinero para enterrarla “Rafael sacó sus ahorros y pidió ayuda a sus amigos para que pudiera sepultar a mi hija. Eso lo hizo cuando tenía 16 años. Desde niño se condolía de la gente más necesitada”.
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En el colegio “cualquier diferencia la resolvíamos a golpes. Era un tiempo en que se peleaba por honor y punto. Ahí terminaba todo. Rafael es un hombre fuerte. Dios nos envió un hombre duro y no a un ser débil”, recuerda, en una entrevista de abril de 2011 para el diario El Telégrafo, Pancho Latorre, amigo íntimo y compañero de infancia del presidente, su actual asesor, y quien lo protegió cuando, 6 años atrás, casi lo matan.
El 30 de septiembre de 2010, Ecuador amaneció con una insubordinación policial en contra de la aprobación de la Ley de Servicio Público que, según los manifestantes, les restaba beneficios porque la normativa eliminaba bonificaciones, comisiones y estímulos económicos por el cumplimiento de sus años de servicio. Los policías cerraron el Aeropuerto Mariscal Sucre, bloquearon carreteras y tomaron, entre otros, el Regimiento Núm. 1 de la Policía Nacional de Quito. Correa acudió a las 09:25 a ese sitio para apaciguar el malestar, pero terminó retenido en el Hospital de la Policía, ubicado dentro del regimiento. “¡Si quieren matar al presidente, aquí está. Mátenlo si les da la gana, mátenlo si tienen poder, mátenlo si tienen valor, en vez de estar en la muchedumbre cobardemente escondidos!”, gritó en la mañana desde el segundo piso de una oficina del regimiento, en medio de silbidos e insultos, mientras se arrancaba la corbata rompiendo los botones superiores de la camisa y su puño rebotaba contra el pecho, contra el aire, varias veces. A las 21:30, luego de permanecer retenido durante todo el día y tras un operativo de rescate en medio de una intensa balacera en la que participó Pancho Latorre junto a miembros del gir (Grupo de Intervención y Rescate) y del goe (Grupo de Operaciones Especiales), Rafael Correa apareció en el balcón del Palacio de Carondelet, el palacio presidencial, lamentando la muerte de quienes habían caído durante la jornada y bautizando el 30 de septiembre como el “30S, el día en que triunfó la democracia de un intento de golpe de Estado”.
—El 30S marcó un punto de inflexión en él, en su discurso, en su forma de concebirse a sí mismo. Se puso en el borde todo y creo que ahí él termina de creerse el mesiánico, el principio y fin de todo. Ese día está listo para el martirio y se lo cree —dice María Paula Romo, abogada, feminista, una de las fundadoras del grupo político Ruptura de los 25, exasambleísta por Alianza País y actual opositora al régimen.
Pierina cuenta algo que muestra a su hermano como un sujeto que, desde la juventud, no reparaba en peligros.
—Vivíamos en una zona que no era considerada roja pero en la que sí habían esos pilluelos que te arranchaban las cosas. Rafael en más de una ocasión se vio en problemas porque cuando veía que alguno de estos ladronzuelos le estaba robando a alguien le pegaba un grito y quería intervenir. En más de una ocasión los ladrones lo seguían corriendo hasta la casa y Rafael alcanzaba a cerrar la puerta del zaguán en la punta del puñal.
”Siempre se destacó por ser humilde y batallador. Humilde con los humildes y batallador con aquellos que querían imponerse sin razón. Es un líder desde que era un niño. Él no sólo soñaba con ser presidente, sino que se preparó para serlo”, dice su amigo y asesor Pancho Latorre.
Ovidio Rodríguez, mirando hacia la entrada del colegio donde fue conserje hace 40 años, dice que Correa era un sujeto al que le gustaba estar al frente de todos los grupos, ya sea dirigiendo las discusiones u organizando paseos a los cerros y a las playas aledañas. No fumaba ni bebía y su primer trabajo fue a los 16 años como profesor de matemáticas. En contraste con esa rutina de monasterio, le gustaba cantar, pasar por fuera del colegio de mujeres María Auxiliadora para coquetear con las alumnas. Además, vivía expulsado de clases por mala conducta. “Era por chiquilladas, no por cuestiones realmente graves”, suele remarcar Correa, quien desde joven prefiere leer cuentos, “por eficiencia”, que novelas, pues usualmente están llenas de “parafernalias”, aunque hay excepciones. Uno de sus autores de cabecera es el enciclopedista e historiador ecuatoriano Alfonso Rumazo González, quien escribió las más extensas biografías de Antonio José de Sucre y de Simón Bolívar, dos de sus referentes latinoamericanos.
Sus compañeros de aula recuerdan que solía jugar a ser presidente en los patios del colegio y asignaba ministerios a sus amigos más cercanos. Esa ficción de liderazgo no se quedaba en la fantasía: fue presidente cultural de la comunidad lasallana y boy scout durante 20 años —desde que tenía 7— de los grupos 14 San José La Salle y 17 Cristóbal Colón, grupo del cual, además, fue fundador. En ese periodo Correa no sólo afianzó su formación católica dando clases de catequesis, orientando equipos juveniles de scouts y participando en misiones evangelizadoras, como la de 1980, convocada por el arzobispo Bernardino Echeverría en el Guasmo —una zona extramuros de Guayaquil—, sino que se preparó para estudiar economía, una carrera que sentía útil para sus fines de reivindicación social.
El 12 agosto de 2010, ya presidente, pernoctó con cerca de mil jóvenes boy scouts de Colombia, Brasil, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos y Panamá en el parque Itchimbía, en Quito. Las tropas prepararon pinchos de embutidos y pimientos, cantaron canciones de Víctor Heredia, Mocedades y Joan Manuel Serrat, y rezaron por los compañeros scouts fallecidos. A las 3 de la madrugada todos se fueron a dormir para levantarse temprano e ir a misa. “Recuérdenme siempre en sus oraciones de novatos, de scouts, de caminantes, para que pueda de la mejor manera cumplir la inmensa misión que me dio el pueblo ecuatoriano y dejar a nuestro país un poco mejor de lo que lo recibí”, les dijo Correa al despedirse.
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Es 2005 y en las afueras del Ministerio de Finanzas y Economía, en la avenida 10 de agosto de Quito, una conductora de un programa televisivo de farándula tiene un retrato de un hombre sonriente, con leves líneas de expresión alrededor de los ojos. Pregunta a los transeúntes si conocen al sujeto de la foto: es un funcionario público que acaba de dejar su cargo. La mayor parte duda antes de responder tajantemente que no. Hasta que una mujer se aventura y sonrojada dice: “Es Superman”. De inmediato, en la pantalla aparece una imagen de Rafael Correa —el funcionario en cuestión— junto a otra de Christopher Reeve.
Un año antes de ser presidente del Ecuador, Correa fue ministro de Economía del gobierno de Alfredo Palacio. Lo fue durante tres meses, y la gente apenas lo ubicaba dentro del mapa político. Es que durante dos décadas Correa se había mantenido al margen de la política y se había dedicado a dar clases de economía.
Entre 1981 y 1987, cuando Correa entraba en la universidad, el Ecuador apenas empezaba a saborear la democracia. El 10 de agosto de 1979, luego de 8 años de dictadura militar, Jaime Roldós Aguilera asumía la presidencia luego de vencer en segunda vuelta, con el 68.49% de los votos, a Sixto Durán Ballén, y se convertía en el presidente más joven de América Latina, con 39 años. Pero no concluyó su mandato. El 24 de mayo de 1981 el avión en el que viajaba junto con su esposa se estrelló en el Cerro de Huayrapungo. Aunque oficialmente se habló de accidente aéreo, la familia de Roldós Aguilera habló siempre de magnicidio.
Pancho Latorre, el amigo de Correa, recuerda en la entrevista de 2011 con El Telégrafo que, cuando murió Roldós, Rafael Correa lo llamó a su casa y le dijo: “Pancho, el país ha perdido a un hombre brillante. Tenemos que hacer algo para salvar a este país”.
Mientras la democracia no terminaba de constituirse en los proyectos políticos que le sucedieron a Roldós, Rafael Correa estudió economía gracias a una beca en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil, donde fue presidente de la Asociación Escuela de Economía y de la Federación de Estudiantes. En 1986 presidió la Federación de Estudiantes Universitarios Particulares del Ecuador y, una vez graduado con una tesis titulada Evaluación de los programas de apoyo al sector informal en Guayaquil, se trasladó por un año a la sierra central para hacer un voluntariado en la Misión de los padres salesianos en la parroquia Zumbahua, en Cotopaxi. Allí tuvo su primer vínculo con las comunidades indígenas del Ecuador, y aprendió a hablar quichua.
—Quienes quieren molestar, hacer daño, dicen que desde la universidad yo le hacía la contra a Rafael —indica Pierina, que en 2013 fue candidata a prefecta del Guayas por el movimiento de su hermano, Alianza País, al que renunció “irrevocablemente” meses después de perder la contienda electoral—. Los dos participamos por la presidencia de la Federación de Estudiantes, pero en listas diferentes, y él triunfó. La gente que no me quiere al interior del movimiento de Rafael dice que soy de derecha, pero más bien yo digo que soy humanista. Me retiré de Alianza País, no del proyecto, porque es Rafael quien lo lidera, y así será siempre.
Pierina no fue la única de la estirpe familiar que confrontó electoralmente a Rafael Correa. Su hermano, Fabricio, se presentó en las elecciones de febrero de 2013 como candidato opositor a la presidencia, y quedó fuera de la contienda por no cumplir con el número de firmas de respaldo requeridas por el Consejo Nacional Electoral. En la primera campaña electoral de Rafael Correa, Fabricio lo había acompañado, asesorado y financiado, con la promesa de que siempre lo protegería “porque eso hacen los hermanos mayores”. Sin embargo, los hermanos Correa, como recuerda Fabricio en una entrevista de 2010 con la agencia Efe, se vieron por última vez en junio de 2009, en un almuerzo junto a los miembros del equipo de futbol guayaquileño Emelec, del cual ambos son hinchas desde jóvenes. Luego, dijo, no volvieron a hablarse porque sintió que su hermano le había ocultado los verdaderos rumbos de la Revolución ciudadana. “Me engañaron, me sumé, yo lo puse de presidente. Recolecté fondos pensando que era otro proyecto. Me ocultaron que era un proyecto ordenado, dirigido desde Venezuela. Todos los componentes del buró político, con mentalidad comunista, me consideraron hostil porque soy empresario (…) Nos montaron un sainete, ahora todo el mundo se rebela (…) contra un modelo venezolano que nadie quiere en Ecuador. Se quiere montar un modelo totalitario”, dijo Fabricio en ese diálogo con Efe, desde Miami, ciudad a la que había acudido por cuestiones de negocios de su empresa constructora.
Sin embargo, se dice que la verdadera razón del resquebrajamiento familiar tiene que ver con el hecho de que, en 2009, el presidente ordenó que se cancelaran todos los contratos establecidos entre el Estado y las empresas de su hermano, y exigió a la Contraloría General que los investigara. El pedido sobrevino tras la publicación de una investigación periodística del diario Expreso, que revelaba que tres empresas de propiedad de su hermano, y dos consorcios en los que Fabricio Correa participaba, habían obtenido millonarios contratos en el sector público desde que Rafael había iniciado su gestión como presidente. “Más allá de saber las empresas que tiene mi hermano, lo importante es saber si hubo o no perjuicio para el Estado ecuatoriano”, señaló Rafael Correa durante la posesión del ministro de Transporte y Obras Públicas de ese entonces, Xavier Casal, y sentenció que pondría sanciones si algún funcionario de su gobierno actuaba “con favoritismo” en la adjudicación de los contratos. Un año después, en 2010, aparecía el libro El Gran Hermano, de los periodistas Juan Carlos Calderón y Christian Zurita, en el que hacían una pesquisa detallada de los contratos de Fabricio Correa. En el prefacio de la obra, Zurita y Calderón decían que “la Contraloría General del Estado determinó que las empresas de Fabricio Correa participaron en contratos con el Estado, que llegaban a ciento sesenta y siete millones de dólares, el doble de lo denunciado”. Rafael Correa demandó civilmente a los autores de ese trabajo, acusándolos de haberle provocado daño moral puesto que sostenían que él conocía los contratos que su hermano mantenía con el Estado, cuando según el primer mandatario eso no era cierto.
Los periodistas fueron condenados a pagar un millón de dólares cada uno, más gastos por abogados. Pero el proceso fue archivado por la Segunda Sala Civil de la Corte de Pichincha luego de que Correa los perdonara públicamente, junto a los directivos del diario El Universo, Carlos, César y Nicolás Pérez, y su exeditor de Opinión, Emilio Palacio, quienes por su parte habían sido sentenciados a tres años de prisión y al pago de 40 millones de dólares bajo el cargo de injurias calumniosas en marzo de 2011, por el artículo de opinión “No a las mentiras”, en el que Palacio escribió, refiriéndose a los sucesos del 30S: “El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente. Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben”. “Hay perdón, pero no olvido”, dijo Correa desde el salón amarillo del Palacio de Carondelet en febrero de 2012 y explicó que con la demanda al periódico había cumplió tres objetivos: demostrar que habían mentido; evidenciar que la responsabilidad no sólo recaía en quienes habían escrito el artículo sino en los directivos del diario, y estimular a los ciudadanos para que perdieran el miedo ante la prensa. “Luchar por una verdadera comunicación social, en la cual los negocios privados sean la excepción y no la regla, donde la libertad de expresión sea un derecho de todos y no el privilegio de oligarquías que heredaron una imprenta para ponerla a nombre de empresas fantasmas en Islas Caimán”, dijo.
Juan Paz y Miño Cepeda, historiador y autor de una decena de libros en los que analiza la evolución económica del Ecuador hasta el día de hoy, reitera con mucha gracia en una sala de reuniones de la Pontificia Universidad Católica que Rafael Correa no es una persona sino un fenómeno, y que será recordado por haber tomado decisiones, para “bien o para mal”, en un país donde los presidentes se acostumbraron a ser simples reformistas.
—Si tiene que pelearse con las Fuerzas Armadas, lo hace. Lo mismo con los ecologistas, los maestros, los médicos, las mujeres y con quien se cruce en contravía con su proyecto —dice.
Entre esas confrontaciones destacan las que ha mantenido con grupos ambientalistas y feministas, a quienes tilda de “extremistas”. En su programa Enlace ciudadano del 28 de diciembre de 2013 dijo, por ejemplo, burlón: “(Ahora dicen que) no existe hombre y mujer natural, que el sexo biológico no determina al hombre y a la mujer, sino las ‘condiciones sociales’. Y que uno tiene ‘derecho’ a la libertad de elegir incluso si uno es hombre o mujer. ¡Vamos, por favor! ¡Eso no resiste el menor análisis! Ésas no son teorías, sino pura y simple ideología, muchas veces para justificar el modo de vida de aquellos que generan esas ideologías. Los respetamos como personas, pero no compartimos esas barbaridades”.
En un programa anterior sostuvo que hay ciertos “ecologistas infantiles” que no piensan en el progreso del país y que se oponen a utilizar los recursos naturales para superar la pobreza. Esto, en relación con el fallo del gobierno, en 2013, de explotar los campos petroleros Ishpingo, Tambococha, Tiputini (itt), que están en el Parque Nacional Yasuní, una de las zonas con mayor biodiversidad en el mundo. La decisión de incursionar en ese territorio se dio luego de que el gobierno no lograra recaudar el dinero, proveniente de aportes extranjeros, que compensara lo que se dejaba de percibir por no explotar el itt.
—Creo que desde allí, desde el tema del Yasuní, empieza un compartimiento diferente entre el gobierno y la ciudadanía —dice Rosana Alvarado, abogada, feminista, asambleísta y militante por Alianza País, primera vicepresidenta de la Asamblea Nacional—. Nosotros votamos lo del Yasuní (la autorización de la explotación) en 2013, el mismo año electoral en el que obtuvimos mayoría legislativa y, sin embargo, vos ves al año siguiente un comportamiento absolutamente opuesto en las elecciones seccionales, donde no tuvimos los mejores resultados, perdimos varias alcaldías, entre ellas las de Quito, Guayaquil y Cuenca, las tres principales ciudades del Ecuador.
Rosana Alvarado es de Cuenca. Viste un traje rosado con encajes artesanales de la sierra ecuatoriana, y habla con frescura. Es de las personas que ha estado junto al presidente desde la primera campaña y lo que más la impulsó a sumarse al proyecto político de Correa fue su apuesta por la recuperación del Estado.
—Sí, yo era una ferviente creyente de la necesidad de recuperar un Estado que estaba en oferta, en subasta, un Estado corporativizado, un Estado donde el ministro de minas era un minero, el ministro de petróleo un petrolero, el ministro de finanzas era un banquero, y así —dice Alvarado en el centro de su oficina de la Asamblea Nacional.
Dice que otro punto de inflexión del descontento social acumulado ahora es lo sucedido con el debate del Código Orgánico Integral Penal, en el que un grupo de asambleístas del bloque oficialista de Alianza País, incluida ella, proponía la despenalización del aborto para casos concretos. Con la noticia de que sus asambleístas apoyaban la medida que permitía a las mujeres decidir, Correa estalló. O, más bien, desde la lógica orgánica de partidos a la que siempre alude, pidió coherencia a través de una amenaza: “Hemos hablado muy claro, cualquier cosa que se aparte de esa línea (reconocer y garantizar la vida, incluido el cuidado y protección, desde la concepción) simplemente es traición, y parece que eso está sucediendo en la Asamblea. Si este grupo de personas muy desleales consigue una mayoría y legaliza el aborto yo inmediatamente presentaré mi renuncia al cargo”.
—Fue algo muy penoso el no haber podido conseguir la despenalización del aborto en casos de violaciones —dice Alvarado mientras se encoje de hombros—. Era algo imperativo, pero en eso el presidente es súper claro, en eso no creo que hubo una agenda oculta. Él no es partidario del derecho a decidir de las mujeres, ha dicho una y otra vez que desde su formación cristiana y católica se opone a la posibilidad, siquiera, de que las mujeres podamos decidir. Y bueno, ahí yo quisiera que tuviera él mas conciencia del feminismo, que entienda las luchas.
—El propio presidente se ha definido como un católico practicante y seguidor de la doctrina social de la iglesia. Ésa es su matriz filosófica, teórica, Ésa es su fuente inspiradora al gobernar —dice el historiador Paz y Miño.
—Me parece que cuando uno es joven y es misionero, cree que llega a una comunidad con la verdad, la luz del evangelio, y con ellos la civilización. Correa tiene un discurso civilizatorio y de la verdad —decía Mateo Martínez, autor de El Cascabel del Gatopardo. La revolución ciudadana y su relación con el movimiento indígena, en una entrevista de 2012 hecha por la desaparecida revista Vanguardia.
—Además tiene una formación de economista en los Estados Unidos y Europa, territorio al que está más inclinado por su propia vida familiar. Se identifica con la economía de mercado social europea mucho más que con la economía de libre empresa norteamericana. No quiere para Ecuador un tipo de economía abierta como la del norte, sino más bien un tipo de economía que, sin descuidar el papel de la empresa privada, de todas maneras sea fuertemente regulada por el Estado —dice Paz y Miño.
Esa formación arrancó cuando en 1989 Correa participó en un concurso nacional de méritos para acceder a dos becas de posgrado ofertadas por el gobierno de Bélgica y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (usaid). Hasta entonces, Correa había cursado la carrera de Economía en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil sin enfrentar necesidades económicas, pues había vivido del dinero obtenido de becas. Al graduarse, su alma máter lo contrató para que dirigiera las finanzas universitarias y para que dictara clases como profesor asociado. Pero ganó las dos becas a las que había postulado y se fue a Europa, a estudiar en la Universidad Católica de Lovaina, donde obtuvo en junio de 1991 su primer máster en Artes en Economía, y donde se casó, en 1992, con Anne Malherbe Gosselin, una compañera de universidad nacida en la ciudad valona de Namur en 1968 y con quien, ya en Ecuador, tendría tres hijos: Sofía Bernardette, Anne Dominique y Rafael Miguel.
—Han sido años muy felices, aunque duros porque se trata de un matrimonio —que yo diría binacional— con una cultura tan diferente como la belga, con un país tan distinto, de clima tan frío. Es un país tremendamente desarrollado. O sea, el cambio para mi esposa fue muy duro. Hay grandes riquezas. Tú aprendes muchas cosas, por ejemplo, a superar el sexismo, machismo, que allá son intolerables —dijo él en una entrevista de 2013, publicada en El Telégrafo.
Anne Malherbe es una mujer alta, delgada, de rostro y expresiones pálidas, pero de palabras y acciones determinadas. Da clases a cursos inferiores en el Liceo La Condamine, y cuando su esposo se convirtió en presidente renunció a ser primera dama, no presidió el Instituto de la Niñez y la Familia que por mandato le correspondía, y raramente estuvo cerca de él en las tres campañas electorales. Incluso hasta ahora, después de diez años de gobierno, su presencia en actos públicos se puede contar con los dedos de las manos. En una entrevista televisiva que Carlos Vera le hizo a Malherbe en 2006, le preguntó por qué no había aparecido junto a su esposo en la campaña de la primera vuelta electoral y, sin eufemismos, ella contestó: “Primero porque yo estoy trabajando, soy profesora de segundo grado con niños chiquitos y no puedo pedir permiso cuando me da la gana. En segundo lugar porque tengo mis hijos chiquitos en la casa. Y también quisiera desmentir un poco todo lo que dicen de mi marido, que es comunista, que es machista, que es terrorista, que no lo apoyamos. En la familia siempre lo hemos apoyado”. Cuando Vera le preguntó por qué rechazaba ser primera dama, dijo: “No veo sentido a esas dos palabras. No creo que haya ninguna primera dama en este mundo”.
Cuando regresó de Bélgica, Correa se dedicó, entre 1993 y 2005, a dar clases como profesor principal en el Departamento de Economía de la Universidad San Francisco de Quito (usfq), y como invitado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, en la sede del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y en la Universidad Andina Simón Bolívar. Avalado por la usfq viajó en ese periodo a la Universidad de Illinois, en Urbana-Champaigne, Estados Unidos, para hacer una nueva maestría. Obtuvo, además, un doctorado en Economía en octubre de 2001. Washington Pesántez, ex fiscal general de la nación y actual candidato por su propio movimiento para las elecciones presidenciales de 2017, dijo, en una nota con el diario El País, de España, en 2007: “En Bélgica maduró políticamente y se inscribió en la izquierda cristiana, en la teoría de la liberación del teólogo brasileño Leonardo Boff. Creo que ya entonces, en 1990, Rafael quería ser presidente”.
* * *
Ecuador tuvo 7 presidentes en 13 años antes de enero de 2007, fecha en que asumió Rafael Correa. Unos fueron derrocados por la ciudadanía, otros destituidos por el Congreso y, en medio de ese caos y esa vorágine, Correa, el economista de formación católica, se convirtió en un regalo prometido. Llegó con un programa económico, una imagen y una narrativa que el electorado no había vivido antes. Era alto, moreno, levemente desaliñado, y hablaba con el cuerpo. En más de una ocasión, durante su primera campaña electoral, se quitó la correa del pantalón para empuñarla por lo alto mientras gritaba: “Se viene el correazo”. La estrategia tuvo resultados: ganó en la segunda vuelta a su rival, el empresario bananero Álvaro Noboa, con un 56.67 por ciento.
En esos tiempos, acostumbraba a usar jeans con camisas de manga corta, rara vez traje formal y, ya siendo presidente, cambió las corbatas por camisas blancas otavaleñas. También alteró la iconografía convencional de la izquierda ecuatoriana, dejando de lado los puños alzados sobre banderas rojas para pasar a una estética barroca saturada de verde y azul.
Autodefinido como “humanista, cristiano y de izquierda”, su agenda política, que lo acompañó en las siguientes dos elecciones (las que ganó en primera vuelta en 2009, con el 52% de los votos, y en 2013, con cerca del 60%) se centraba en recuperar la soberanía política y económica del Ecuador. Se presentaba como un mordaz crítico de la dolarización (el sistema monetario que adoptó Ecuador en enero de 2000, durante la presidencia de Jamil Mahuad), a la que definió como el más “perverso” de los sistemas monetarios, a la par que admitía que salirse de ella sería un suicidio. Durante sus mandatos, incluyendo el último, ha pasado más tiempo fuera del palacio presidencial, inaugurando obras por todo el Ecuador, que sentado en una sala de reuniones con sus ministros, a quienes moviliza donde él vaya. Recorre cada pueblo que visita en bicicleta, para verificar el estado de los proyectos y de las vías que su gobierno ha gestado. Cuando constata que alguna de sus obras está mal, o tiene demora, reprende a los responsables públicamente a través de Enlace ciudadano. Duerme entre cuatro y seis horas diarias, y pasa los domingos religiosamente en casa con su familia, donde, según Anne Malherbe, asume el liderazgo de los quehaceres domésticos.
Todo empezó en 2005 cuando, desde su oficina del Ministerio de Economía y Finanzas, Correa intuyó que su sueño de niño se podía materializar.
Había llegado hasta allí por una enorme cantidad de piezas que se habían movido en efecto dominó. El movimiento indígena Pachakutik se había aliado con el coronel Lucio Gutiérrez, quien ganó las elecciones presidenciales en 2003. Nina Pacari, perteneciente al movimiento, se convirtió en la primera mujer indígena en asumir la Cancillería del Ecuador, y Luis Macas, dirigente de la comunidad Saraguro, asumió el Ministerio de Agricultura. Pero el movimiento Pachakutik quería que Rafael Correa fuera ministro de Economía y Finanzas, pues lo conocían desde que había sido misionero en la parroquia rural de Zumbahua. El presidente, Lucio Gutiérrez, no cedió ante el pedido y, en su lugar, nombró a Mauricio Pozo, quien en ese entonces era profesor de economía en el Instituto Tecnológico de Monterrey. Para asumir el cargo tuvo que retirarse de la docencia y su reemplazante fue Rafael Correa.
Mauricio Pozo, actualmente muy crítico del programa económico de Correa —que, según cree, es inexistente— dice:
—Allá, por el 2000 o 2001 me invitaron a un panel y entre los invitados había un profesor de la San Francisco. Cuando escuché su hoja de vida me llamó la atención sus estudios de cuarto nivel. Sin embargo, cuando empezó a hablar, me extrañó que sea una persona con ideas tan radicales a pesar de tener los estudios que mostraba. Planteaba regresar a los principios de cuestionamiento de ciertos mercados que ya están absolutamente fuera de discusión académica. Eran ideas superadas, caducas, obsoletas.
La desconfianza institucional colapsó en el periodo de Lucio Gutiérrez y las denuncias de nepotismo y corrupción llegaron a su tope. La ciudadanía, mayormente quiteña y autoproclamada como parte del Movimiento de los Forajidos, en el que participó Correa, salió a las calles en abril de 2005 para pedir la salida del presidente. La creciente presión social y el deceso del fotógrafo chileno Julio García, asfixiado por la lluvia de bombas lacrimógenas que la policía usó para reprimir, hicieron que el congreso destituyera a Gutiérrez. En su lugar, su vicepresidente, Alfredo Palacio, asumió el primer mando y nombró como ministro de Finanzas y Economía a Rafael Correa.
—Él estuvo como ministro cerca de 100 días y entró a desmantelar todos los lineamentos del programa fiscal que se había tenido en el gobierno anterior: techos de gasto, fondos de ahorro, reducción de dependencia de los ingresos del petróleo, replanteamiento de acuerdos internacionales —recuerda Mauricio Pozo, cuya opinión concuerda con el cable 34833 filtrado por Wikileaks al diario El Comercio, en el que la embajadora de Estados Unidos de ese momento, Kristie Kenney, dijo: “El más problemático es el ministro de Finanzas, Rafael Correa. A pesar de su educación en los Estados Unidos el joven y carismático ministro ofrece políticas económicas de la era de 1970, repleta de eslogans tipo ‘paguen la deuda social, maldita la deuda externa’. Su principio es ‘reestructurar’ las rentas del petróleo reduciendo la deuda para que el gasto del gobierno aumente, con la esperanza de reactivar los sectores productivos del Ecuador —invita al libertinaje y ha ahuyentado a muchos inversores. También apunta a ganar más control del Estado sobre los inexplotados campos de petróleo (en especial Petroecuador, de la que el Estado es dueño)”.
Y, en efecto, así sucedió: Correa, durante los tres meses en los que fue ministro de Economía, implementó un programa económico que consistió en cambiar la política acerca del pago de la deuda externa y liberar fondos para el sector social. Reorientó el fondo de excedentes petroleros (feirep), destinados para el pago de la deuda externa y para cubrir imprevistos, y los destinó a programas de educación y salud pública. Mientras criticaba mordazmente a organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Interamericano de Desarrollo, miraba con afecto a sus vecinos regionales y extra continentales, como Venezuela, Cuba y China, que se convertiría en uno de sus principales agentes crediticios cuando fuera presidente. En más de una ocasión dijo “que los organismos multilaterales que se autodefinen como organismos de desarrollo en realidad son los que endeudan a los países pobres”. Ya entonces se proyectaba como el gran outsider que fácilmente podía calar en una estructura democrática desprovista de confianza, de referentes y, sobre todo, de mitos.
—En un país que ha tenido condiciones de atraso, de pobreza, de herencia política tradicional, en ese país se necesitaba una capacidad de liderazgo indiscutible para transformarlo, y ese liderazgo está vinculado con el presidencialismo. No es un sistema parlamentario, sino presidencial, que hace que las figuras de los presidentes sean las más importantes en la vida de una nación, y por eso mismo hoy hablamos de floreanismo, alfarismo, de garcianismo y ahora de correísmo —dice el historiador Juan Paz y Miño Cepeda.
* * *
En un post de Facebook de la cuenta oficial de Rafael Correa, del lunes 21 de marzo de 2016, cuando el precio del petróleo se ubicaba cerca de los 20 dólares, la apreciación del dólar crecía y el gobierno había previsto un crecimiento económico de apenas el 1%, el mandatario deseaba a los ecuatorianos una feliz Semana Santa antecedida de una reflexión: “La historia sagrada de esta semana es fascinante. El domingo entra Jesús a Jerusalén entre palmas y alabanzas, y mucha de esa misma gente cinco días después pedía su muerte y que liberen a Barrabás, quien sí era culpable. ¿Cómo pudieron cambiar tanto en tan sólo 5 días? Es la naturaleza humana, muy bien manipulada por los sumos sacerdotes y políticos, es decir, los poderes fácticos de turno”.
El siguiente sábado, en el Enlace ciudadano 468, desde Monteverde, provincia de Santa Elena, Correa, vestido con una camisa blanca sport arremangada, defendía el aumento de impuestos a los tabacos, a las bebidas alcohólicas y a las gaseosas como medida para enfrentar la “difícil” situación económica que atraviesa el país. “Ahora todo el mundo es alcohólico porque le queremos subir los impuestos al alcohol. Todo el mundo es fumón, fumador al menos, porque se quejan por el impuesto a los cigarrillos. Ahora son los representantes de la Coca Cola”, dijo con la confianza de quien tiene el futuro en su bolsillo. Un mes después, el terremoto del 16 de abril alteró todas las fichas y sus opositores criticaron la ausencia de fondos de reserva provenientes del petróleo (que él había eliminado durante su paso por el Ministerio de Economía), y el hecho de que Correa no hubiera ahorrado lo suficiente en las etapas en las que el precio del petróleo superó los 100 dólares.
—Correa es crítico del ahorro. Dice que cómo es posible que con tanta necesidad de la gente se tenga la plata guardada en una bóveda. Pero esa plata guardada le habría permitido tener un riesgo país bajo para financiarse más barato. Ésa es una ausencia de olfato financiero. El ahorro no sólo es por tener la liquidez guardada en un saco, es porque le da al prestamista de afuera seguridad para invertir —dice el economista Mauricio Pozo, quien asegura que los fondos también hubieran servido para paliar las consecuencias del terremoto.
Pero el presidente resta importancia a las críticas de los analistas económicos que aseguran que él no ahorró en “época de vacas gordas”. Sostiene que el ahorro ha sido “movilizado a inversión” y aplicado en la construcción de carreteras, hospitales y puentes. “Los anteriores gobiernos privilegiaban los ‘fonditos de liquidez’ que no eran más que un ahorro que se utilizaba para pagar deuda externa”, sostiene.
Ahora Correa —que días después del sismo, a ojo de “buen cubero”, calculó que la reconstrucción de las zonas devastadas tardará entre dos y tres años, y costará “miles de millones de dólares”, es decir, “entre los 2 y 3 puntos del producto interno bruto”, o más precisamente “dos mil o tres mil millones de dólares”— ha tenido que ajustar más el Presupuesto General del Estado; reducir, vender y fusionar empresas e instituciones públicas; autofinanciar el programa Enlace ciudadano, y aplicar la Ley de Solidaridad, que establece el incremento del impuesto al valor agregado (iva) del 12 a 14%, entre otros puntos.
Si en un principio Correa aprovechó la alta popularidad con la que contaba (que le permitió ganar dos elecciones en primera vuelta) y la estable situación económica que vivía el Ecuador para tomar medidas determinantes, como llamar a una consulta popular para convocar a una Asamblea que redactara una nueva Constitución, potenciar la integración regional creando nuevos organismos, o hacer una auditoría pública integral de la deuda externa para luego renegociarla, hoy sus acciones son cada vez más restringidas por los apuros fiscales y las reiteradas críticas que le llegan desde todos lados y que él responde directamente desde su cuenta de Twitter.
—Él ha sido siempre una persona pragmática, de dar resultados a cualquier costo —dice María Paula Romo en la cafetería de un centro comercial quiteño—. Antes iba a las reuniones en bancada y discutíamos. Iba a Manabí a la Asamblea Constituyente y como consecuencia de la discusión había la posibilidad de que su postura no prevaleciera. Gracias a eso hoy tenemos como derecho humano el agua, (el reconocimiento de) la unión de hecho con las personas de mismo sexo, el tema de protección a las reservas naturales, la intangibilidad de los territorios de los pueblos no contactados. Ahora no escucha. Él cree que todo es personal, cree que el mundo le falla, cree que el precio del petróleo baja para hacerle la maldad y esto empieza a ser parte de una distorsión de su personalidad.
—Me encantaría ayudarlo, pero es público y notorio que el pensamiento y la orientación del presidente, hoy, no son aquellos con que se conquistó a los ecuatorianos y se logró el triunfo en 2006 y menos con que nos formaron en nuestro hogar —responde su hermano Fabricio en un correo electrónico.
—Hay quienes dicen que estamos peor que nunca, que no se ha hecho nada, y yo podría entender eso en un crío de quince años, que no vivió conscientemente el antes —dice su hermana Pierina—. Pero para quienes somos un poquito mayorcitos, que sí hemos perdido ahorros, y que a lo mejor conocimos a alguien cuyo papá se pegó un tiro porque no pudo con las deudas, las cosas han cambiado. Hemos sido buenos muchachos siempre.

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* Publicado originalmente aquí: 
http://www.gatopardo.com/reportajes/rafael-correa-ecuador/ 


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