Interesante crítica a la película Ciudadano Ilustre, publicada originalmente en Rosario/12. Ciudadano Ilustre es una película interesante, que debe verse, está bien filmada, retrata muy bien el interior pampeano, sus convenciones conservadoras y tiene buenos toques de humor. Pero lo que Besson expresa en esta crítica es también muy cierto. En resumen, una película para ver y después leer esta crítica.
LECTURAS

La chatura de los detractores de la chatura de los pueblos


 Por Magalí Besson*

Decidido: noche de cine. Sin improvisar nos tomamos el trabajo de ver comentarios generales y puntajes del film El ciudadano ilustre. La elegimos en lugar de Gilda, quizás porque en el momento nos convocó más cierta sensación de enigma generada por la propuesta argumental que las ganas de correr para ver la que promete ser una película que permanecerá por buen tiempo en cartel.
Para la ocasión, los directores Duprat y Cohn presentan a un escritor Premio Nobel que retorna al pueblo de su infancia y juventud, pueblo del que dicho personaje necesitó huir pero del que, quizás por la misma razón, no puede dejar de escapar constantemente, cuestión que admite cuando reconoce que sus personajes se quedaron por siempre allí.
El anticipo del trailer promete la inclusión de algunos conflictos interesantes que con espíritu optimista imaginé abordados al modo de tensiones.
Ya con las primeras escenas, un aire de superioridad y la soledad que caracterizan al millonario escritor Mantovani (Martínez) parecen presentar a un pobre niño rico (un poco quisquilloso, colmado de objetos y premios, pero con escasez de algunos afectos íntimos de los que a la vez parece defenderse). No obstante, en la misma presentación queda claro como Mantovani esta conforme con quien es: un winner (¿?), hasta que una aparente necesidad de ajustar cuentas con su pasado hace que su hábito corriente de desestimar todas las invitaciones se vea alterado por la aceptación de una inesperada convocatoria, la de visitar su pueblo natal tras cuarenta años de ausencia.
A los pocos días el best seller vuela desde Barcelona para arribar al pueblito bonaerense de sus orígenes donde se reencuentra y se desencuentra. El lujo y el orden de su hábitat cotidiano distan mucho de aquella sucesión de afectos exagerados, reinas de belleza no muy bellas, hospedaje humilde y lagunas sin agua. Sin embargo, el Nobel se acomoda, resigna y hasta emociona con los homenajes. También ofrece clases públicas donde su semblante amable no se condice con una apertura tan genuina como la aparente. Su manifestación acerca de que las ficciones creadas por los artistas no guardan necesariamente relación alguna con sus posiciones frente a la realidad lo exime de dar cuenta por ejemplo de los posibles vínculos entre personajes y personas (del pueblo) mientras que su interpretación del arte como pura invención, como dimensión desconectable de la realidad, como creación políticamente neutral, le brinda a Mantovani la excusa para no decir abiertamente lo que siente por su pueblo y por su historia a las que en buena parte detesta. Aquí es notable como en correlato con esta lógica que separa de modo dicotómico realidad de ficción, dejando (los directores) al escritor creador de ficciones del lado de la segunda (sin indagar demasiado en el personaje) para dedicarse a subrayar (mediante un humor ridiculizante que busca la complicidad fascinada del público) la decadencia de lo pueblerino y desde allí de lo popular sin ajusticiar por lo propio al escritor estrella, aparentemente salvado de la contaminación del pueblo.
El pueblo en su acepción de pequeña y modesta urbanización y el pueblo como actor social quedan asociados en el film a las expresiones de la ingenuidad, del mal gusto, de la chatura cultural, de la hipocresía y de la idolatría que Mantovani parece tolerar hasta que una decisión aparentemente menor elaborada en su calidad de jurado de un concurso de pintura lo confronta con la que podría ser la más marcada y peligrosa decadencia del pueblo: la del odio que define su barbarie. Parte de los habitantes intentan amedrentar a Mantovani con los métodos típicos de una patota mafiosa que en este caso combina la práctica de la violencia calculada de los terribles grupos de tarea con los rasgos de espontaneísmo salvaje que nos remiten a los muchachotes de La fiesta del monstruo (Borges- Bioy Casares). En aquel cuento del año 1947 es notable como sus autores se atrincheraron en la creación ficcional para manifestar su odio personal. En ese caso eran las hordas del Monstruo (Perón en la lectura canónica) las que asesinaban a un estudiante judío por el puro vicio ritual que exaltaba a estos bárbaros. En dicha ficción (que como tal se basa en una lectura de la realidad), la barbarie no amenaza al género humano desde su interior sino que es patrimonio exclusivo del pueblo interpretado como un actor que naturalmente no respeta diferencias, que no puede convivir con ellas, que necesita destruirlas.
Del mismo modo, los autores de El Ciudadano Ilustre insisten en dejar exclusivamente del lado del pueblo, de lo pueblerino y de lo popular (así, todo homologado, degradados cada uno en su complejidad y especificidad) la decadencia. Del mismo modo, y en el intento de naturalizar la alianza pueblo-decadencia-popular-patria-barbarie, se exhibe un discurso patriótico en boca de reaccionarios que solo buscan expulsar al devenido "europeo traidor que en sus libros deja mal paradas a las personas de su pueblo", donde solo unos pocos ilustrados parecen valorarlo. Por su parte, Mantovani, en apariencia tan neutral, va tomando posiciones justas aun en situaciones tensas y se muestra humano, Así presentadas las cosas, la secuencia va componiendo el mensaje de que son la insensatez y la incultura localista las responsables de expulsar "lo ilustrado", de acechar al ciudadano de mundo que podía haber dado brillo a la opacidad del pueblo (en su doble acepción) sino fuera porque una piara incontrolable pretende impedirlo incluso con balas.
Sin ánimos de comunicar el final de la trama (quizás usted quiere ejercer su crítica o admiración de primera mano y para eso hay que ver el film), sí podemos usar la metáfora de que a Mantovani no le entra una bala y esto lo hace salir airoso, sonriente.
Para esta altura ya no me quedan dudas de que la búsqueda de los directores estuvo sostenida en reivindicar al hombre ilustrado e ilustre desestimando una crítica a su ética pragmática. El Ciudadano se encarga de actualizar casi sin pudor el -por desgracia vigente- binomio "civilización o barbarie" que tanto daño le ha hecho a nuestros pueblos. Y ahora que vuelvo a pensar desde todo esto en El hombre de al lado me pregunto: ¿Qué intenta decir (más en épocas de pedido de "mano dura") que en estas películas los personajes antisociales sean de estilo bárbaro y coincidan siempre con los pobres, los populares y los pueblerinos? En el desenlace de esta película también se cifra el auténtico mensaje que los directores tratan de camuflar en sus propuestas ambiguas. Me parece que iré eligiendo el día para ir a ver Gilda.
*Psicoanalista.
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