Podrido de decirle
























PODRIDO DE DECIRLE

Cuento1

Leí el cable de Télam y decidí viajar para ver cómo había sido. Los pueblos de la pampa son todos iguales, tanto que quien vio uno vio todos, pero un pibe comido por los chanchos, es un hecho con una historia atrás, sin dudas. Bajé del colectivo La Estrella casi arrepentido de haber iniciado el viaje, no pude dormir ni un minuto en toda la noche.

Briante, dije cuando en el hotelito preguntaron mi apellido para registrarme. ¿Sabés algo del pibe que comieron los chanchos?, pregunté al chico que barría la vereda del hotel.


Siguió barriendo, como si no me escuchara, pero cuando le pregunté dónde quedaba la Comisaría, me explicó rápidamente. Sordo no era.


“El comisario baja a las diez”. ¿Baja? “Sí, baja -repite el milico- vive acá arriba”, y señala con su dedo índice el techo. Falta demasiado para las diez.


La torre del Municipio, domina el espacio de este pueblo de casas bajas. Una torre de hormigón de treinta metros de altura en un pueblo de la pampa. La miro, extrañado. Se abre una ventana, el que se asoma me dice: “venga, Briante”.

Entro.


-No crea que lo he leído, Briante, pero el compañero del hotel me avisó que había un periodista de la Capital y me dio su apellido, después la Directora de Cultura me dijo que es un buen escritor, pero ella tampoco lo leyó.


¿Qué pasó con el pibe, Intendente? “Una cagada, Briante, el pibe dándole de comer a los chanchos, resbala de la tranquera, cae, está solo, cuando su padre vuelve encuentra los pedazos”.


¿Trabajaba ahí el pibe? “No sea ingenuo, Briante -contesta el Intendente- Un pibe de 14 no trabaja, la ley lo prohíbe, ¿no se da cuenta?”


Sí me doy cuenta, el pibe vivía en ese campo, a pasos del chiquero estaba su casa. Que no era suya, sino del dueño del campo y patrón de su padre. Pero su padre vive en el lugar de trabajo, entonces no tiene horario; y su mujer y sus hijos también viven en el trabajo del padre, entonces también ayudan. O sea, no trabajan ahí, pero viven ahí lo que es como trabajar ahí. Todo bien mezclado.


“Bien, Briante, empezó a entender. Si se pone a averiguar un poquito va a descubrir a quién le echan las culpas por la muerte del chico. Me juego que es al padre. Pregunte en las veterinarias: ahí le van a decir que la familia no lo cuidó lo suficiente. Vaya, Briante, dé una vueltita por las veterinarias, tómese un café en el Club Social, charle con el dueño de alguna camioneta bien embarrada. ¿Quiere apostar algo, Briante?”


No apuesto. A las diez, estoy de nuevo en la Comisaría. El mismo milico, me cuenta que el Comisario salió, pero le dejó encargado que anote el motivo de mi visita. Ando por el pibe muerto en el chiquero, digo. “¿Es el abogado de don Izarra?” quiere saber. No, no soy abogado, soy periodista. “¿Su apellido?”. Briante. El milico anota: Briante.


¿Quién es Izarra?, pregunto al mozo del Club Social. “
Aquél, el de campera de gamuza”.

Miro, parece relajado para ser el dueño de una estancia donde acaba de morir un pibe de 14 comido por los cerdos. Veo que va al baño, me paro y lo sigo. Me pongo en el mingitorio de al lado, casi rozándolo con mi brazo, mientras meamos le pregunto: ¿Ud. es el dueño del campo donde murió el pibe? ¿Qué paso?


-Podrido de decirle a Sepúlveda, sacá a tu familia de ahí, no quiero quilombos, nunca me dio pelota el paisano bruto y ahí tiene, el garrón que me como ahora por culpa de ese paisano.


Lo dejo meando solo. Vuelvo a mi mesa, llamo al mozo que percibió mi movimiento hacia el baño al mismo tiempo que Izarra. Me cobra el café y hace un gesto, apenas perceptible, de complicidad. “Ud. me entiende, yo vivo de ellos y mucho no puedo decir, pero se cagan 
en el laburante”, dice en un susurro controlando con la vista que los de la mesa de al lado no lo vean. Le guiño el ojo y no pregunto más nada.

Camino por la Av. San Martín rumbo al hotel, desde atrás alguien me dice: “¿Y Briante, me va a decir que me equivoqué? ¿O voy a tener que leer Pagina 12 para enterarme de sus conclusiones?”. No, Intendente, no me iba a ir sin verlo, pero ya que lo encuentro le pregunto algo: ¿del Estatuto del Peón de Campo acá hubo alguna noticia?

“Hubo, Briante, hubo. Pero también llegaron noticias del ’55. El Diario La Nación les contó a los Izarra que volvían a mandar ellos, y volvieron. Acá también arrastraron los bustos de Evita por el pavimento. Hubo Estatuto del Peón, si, Briante. Pero no hay victorias definitivas, ni para ellos, ni para nosotros. Aunque las de ellos duran más que las nuestras”.


-¿Ya se va, Briante?


-Sí, Intendente, en La Estrella de las once de la noche, me queda un ratito, para anotar algunas ideas mientras ceno.


-Suerte, Briante ¿Sabe… me dieron ganas de leerlo? Acaba de ganar un lector, no sé si es mucho, pero algo consiguió con su viaje.


-Es mucho, Intendente, gracias. Le voy a mandar un libro de regalo.



Pablo Torres.
El 100 % de este relato es ficción, ni los hechos ni los personajes existieron.
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