
No es la idea evaluar los méritos cinematográficos de la película aquí, sino reflexionar sobre la re-victimización que padecen muchas personas que deben recurrir a solicitar ayuda social del Estado. Casualmente la película fue estrenada en Buenos Aires cuando la ANSES Argentina solicitaba a miles de viudas que debían realizar un trámite para demostrar su viudez. Así numerosas ancianas, algunas ayudadas por sus hijos, debieron revolver entre papeles viejos y recuerdos dolorosos, para encontrar los certificados de defunción de sus maridos, algunos muertos varias décadas atrás.
La casualidad no era tal, por supuesto. Los sistemas de ayuda social desde la mirada liberal (inglesa o macrista, cambia poco, aunque allá las prestaciones son mejores) requieren al pobre demostrar su pobreza, al mismo tiempo que interpone numerosas trabas burocráticas para abonar la menor cantidad de prestaciones posibles. El objetivo no es mejorar la vida de los más débiles, sino ahorrar dinero del Estado (mucho menos dinero que el que luego se deja ir vía eliminación de retenciones a las mineras y las agropecuarias o por fuga de capitales). Daniel Blake lo descubre con dolor durante el filme: a los conservadores ingleses sólo les interesa ahorrarse el monto de su pensión por discapacidad.
"Yo, Daniel Blake", de Ken Loach, visita estas problemáticas, es un ejercicio útil verla pensando en ellas.
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