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¿Qué ganó y qué perdió Macri con la reforma previsional?

El tratamiento y posterior aprobación de la ley de reforma previsional dejó un resultado abierto. La ley salió, pero su proceso de aprobación dejó la sensación de que todos los actores ganaron/perdieron algo con ella.

La ley fue un punto de una seguidilla de hechos negativos para la gestión macrista, pero que habían sido sorteados con relativa tranquilidad: el asesinato de Rafael Nahuel, la desaparición del submarino y sus tripulantes, el aumento de tarifas (ésto último impactó algo más fuerte). Pero todo se surfeaba en la ola de la victoria electoral de octubre. Cuando la reforma previsional se trató en el Senado, nada hacía pensar que no fuera otro hecho "surfeable".

Pero no lo fue.

¿Qué ganó y qué perdió el macrismo con esta ley sacada a los apurones y los empujones, literalmente?

En la columna "ganó" hay que anotar en primer término el objetivo economico de la ley: quitarle al sistema previsional lo que se estima serían alrededor de 70.000 millones de pesos. Es decir, el objetivo inicial de presentar el proyecto de ley.

Hubiera sido un triunfo gubernamental redondo si todo hubiese quedado allí. Pero la marcha multitudinaria del jueves, las voces que se levantaban incluso desde el periodismo corporativo, la presión de los gremios y movimientos sociales, la exagerada presencia policial y la represión del jueves donde se hizo el intento fallido de sacar la ley hicieron que el triunfo no fuera redondo.

Igualmente en la columna de los "ganó" de Macri debe asentarse el gesto de autoridad. Al desborde del jueves Macri respondió con un "la ley sale o sale". Y el martes siguiente la ley fue aprobada por Diputados. El gesto de autoridad puede no parecer importante pero un grupo numeroso de los votantes de Cambiemos reclama posturas de mano dura frente a los reclamos. Macri les dió lo que piden, y recibió un crédito adicional por ello.

¿Y qué perdió?

Dicen que la foto de la oposición festejando la sesión frustrada del jueves enojó a Macri. Massistas, kirchneristas, troskos y demás opositores se abrazan festejando el levantamiento de la sesión. 

Si Macri se molestó, hizo bien.

Frustrar una sesión no implica firmar la unidad opositora. Muy lejos de eso. Pero la sesión sirvió para que los dirigentes opositores se sintieran cerca del mismo espacio y también para que el pueblo opositor, que racionalmente sabe de la necesidad de la unidad con vistas a 2019, pudiera comenzar a sanar algunas lastimaduras.

Por ejemplo, los kirchneristas disfrutaron la capacidad de Graciela Camaño de enredarle la sesión a Emilio Monzó. Era la misma Camaño que funge de esposa del odiado Luis Barrionuevo. La misma que le pegó el cachetazo al Flaco Kunkel. La misma que durante el kirchnerismo utilizó sus saberes reglamentarios en contra del gobierno k. Nadie olvida todo eso, pero durante la sesión fue un aliado táctico.

Digamos entonces que la sesión frustrada y la siguiente donde se aprobó la ley sirvió para que tanto dirigentes como dirigidos, urgidos por la unidad, comenzaran a sentir affectio societatis. Es decir, un proto atisbo de intenciones de asociarse.

Después habrá que ver con quienes la sociedad se concreta, qué lugar ocupa cada uno en ella, si los egos permiten que alguien ocupe segundos planos cuando siente que debe estar en el primero, si todos los actores obtienen beneficios mínimos por ser parte de ella. Es decir, falta mucho más camino que el recorrido. Pero de una ley que amenazaba con ser todo derrota, se ganó una sensación de que es posible otro camino para la oposición.

De hecho pocos días después se realizó una reunión entre el presidente del bloque de diputados kirchneristas, Agustín Rossi, los diputados massistas Felipe Solá y Daniel Arroyo y el ex jefe de campaña de Florencio Randazzo, Alberto Fernández (la crónica de Letra P, acá).

Macri perdió otra cosa importante: el humor social cambió. Las elecciones de octubre le habían otorgado la sensación de que todo era posible, que podía acelerar el paso de las reformas, que no había nadie en condiciones de frenarlo.

El macrismo perdió el efecto electoral. Las elecciones quedaron viejas. El último hito político ya no son las legislativas de octubre, sino la resistencia inédita a la ley de reforma previsional.

Hemos utilizado mucho el vocablo "sensaciones" porque no son más que eso. La política también se hace con ellas. Que dirigentes desencontrados durante casi una década se abracen luego de una sesión no los transforma en aliados, pero les muestra una potencialidad que podrían desarrollar a futuro. 

Que la sociedad cambie su humor social puede incidir en la mirada de las próximas acciones de gobierno. Algo de eso, en menor escala, ocurrió cuando los cuatro fantasticos (Peña, Dujovne, Caputo y Sturzenegger) anunciaron un día después de la aprobación del Presupuesto 2018 que las metas inflacionarias pasaban del 10 al 15 % (nota aquí).

Otros que perdieron fueron los gobernadores dialoguistas (o sea, casi todos). El peronismo macri-frienddly sufrió en las elecciones legislativas y volvió a sufrir en el tratamiento de la ley previsional. Los gobernadores opositores más afines al gobierno debieron pagar nuevamente el costo político de aparecer avalando una ley antipopular. Hasta tuvieron que poner la cara para defenderla, presionar a sus diputados que se resistían. Tuvieron que militar la ley. A ellos también les salió cara.

Las próximas movidas macristas tendrán que ser mejor planificadas. La oposición debe comenzar a explorar si se queda en la foto de los abrazos o avanza en una construcción más sólida. El tratamiento de la ley de reforma previsional significó un cambio de pantalla.

¿Qué aparecerá en la próxima?

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