cuento, por Pablo
Torres.
-¿Has matado? –finalmente tomé el coraje necesario y pregunté lo que llevaba meses rondando en mi cabeza.

Sentados sobre el mármol
blanco de una tumba, que los últimos fríos del invierno de 1938 congelan, Pietro
es aún el italiano parco que conocí hace menos de un año, cuando ahí cerquita, a unos cincuenta metros de la
entrada de éste campo santo, comenzaron a acumular madera para levantar los
andamios y encofrados de esa cruz que ahora, con su sombra, hace más helado -el
de por si gélido- mármol de cualquier tumba.
En los cementerios se muere de amor, y de frío.
-Pronto estará lista –evade, mirando hacia lo alto
de la cruz, como si la finalización de la obra respondiera la pregunta que
acabo de formular.
Todos los santos
miércoles, desde hace siete años, cambio mis minutos de siesta por una breve
visita a la sepultura donde descansa mi prometido, Ovidio. El cáncer me lo
llevo demasiado joven, él no llegaba a los 30 y yo recién cumplía los 21,
teníamos tanta vida juntos por delante que no puedo olvidarlo. El coche de
alquiler pasa puntual, apenas termino de ayudar a mi madre con la limpieza de
los enseres domésticos, suena la bocina del vehículo. Un “De Dión Bouton” que
alguna vez fue el lujoso primer automóvil de éste pueblo, pero que hoy, luego
de treinta años de fieles servicios, suele ser un incordio: no siempre logra
recorrer los poco más de tres kilómetros que separan mi hogar, frente a la
Plaza Pereyra, del Cementerio Municipal sin detenciones imprevistas. No hay
demasiadas alternativas: caminar hasta allí insume demasiado tiempo y esfuerzo,
y el sulky no protege ni del frío invernal ni de los solazos estivales, así que
prefiero el “De Dión”.
Uno de esos miércoles,
don Aizpuru, el conductor, detuvo el coche junto a la hilera de árboles, en el lugar de siempre, a pocos metros de la entrada.
Un frontispicio humilde, de escasos seis metros de altura, presidido por una
pequeña cruz y la inscripción “EPD” sobre la arcada de ingreso y dos
habitaciones pequeñas, una a cada lado del portón negro, que hacen de oficina y
depósito respectivamente son las única construcciones del cementerio, si se
excluyen las tumbas y panteones, por supuesto. Esa antigua entrada ahora se
siente demasiado pequeña, pobre, comparada con la monumental cruz que se yergue
imponente a pocos pasos. Aizpuru, apenas bajó para ayudarme a descender del
vehículo, se quedó mirando a los dos obreros que descargaban una buena cantidad
de madera de una villalonga.
Como todos los miércoles, traspuse el portal, caminé
por el pasillo central, tapizado de pedregullo, que al mover los pies genera ese
murmullo que acompaña a la muerte, tras unos cincuenta metros doblé hacia la
izquierda y un par de pasos más allá, encontré la sepultura de mi prometido.
Retiré los pimpollos secos del florerito de hierro gris, renové el agua y,
finalmente, acomodé las flores frescas que traía en un pequeño ramo. Luego,
como casi siempre, me quedé con la mente en blanco, la mirada perdida en la
lápida: “Ovidio Sánchez Pereyra. QEPD. 1904-1931”, las letras talladas con
esmero sobre el mármol. Un recuerdo nimio, cotidiano, de nuestro noviazgo me
sacó de ese letargo. Suele ocurrirme, cuando quedo en silencio frente a la
tumba, que un recuerdo pequeño, poco trascendente, una ocurrencia de Ovidio en
los buenos tiempos, me asalta.
Es bueno, me gusta, reaviva nuestro amor.
Don Aizpuru, apenas vio que me asomaba de regreso, encendió
el “De Dión” que carraspeó antes de iniciar la marcha por el camino de tierra
de regreso al pueblo. Los obreros continuaban con su faena de descarga. Curioso
como es, Aizpuru, se las había ingeniado para averiguar el destino de esos
materiales: “vienen a construir una nueva entrada, parece que será un portal
enorme de treinta metros de altura, en forma de cruz”. Ignore sus palabras con
una respuesta amable pero fría, no porque me fuera indiferente que el
cementerio se engalanara con un ingreso más importante, al fin de cuentas es el
lugar que habita Ovidio y todo lo de allí me interesa, sino para evitar las
habladurías a las que el chofer es tan afecto.
La semana siguiente
recorrí el mismo camino, repetí idénticas acciones. La reproducción de esos movimientos
me da la paz que el fallecimiento de
Ovidio me quitó. Por eso cada miércoles sigo, sin proponérmelo, una rutina
estricta, prácticamente calcada del anterior, y del otro, y del de la semana
previa.
El pueblo no hablaba de otra cosa: el nuevo portal,
la majestuosidad de la futura cruz que

El arquitecto es italiano. Pietro, aunque tal vez
sea redundante decirlo, también lo es.
-Nací en Canicattì, Sicilia –comentó la primera vez
que se atrevió a dirigirme la palabra.
Siciliano, pensé. A ustedes les ocurrió lo mismo,
sin malas intenciones ni prejuicios tontos, pero aparejado al gentilicio “siciliano”
instantáneamente nuestro inconsciente instala otro vocablo: mafia.
¿Me equivoqué? ¿No es así? ¿No les ocurrió al
escucharme?
Mi rostro debió ser demasiado explícito, reconozco
que transmito con excesiva transparencia mis emociones, porque Pietro se apuró
a anunciar, como forma de limpiar su origen: “el arquitecto también lo es”.
Pero esa charla fue posterior, varios miércoles después.
En las primeras ocasiones no alcance siquiera a
percibir su presencia. Era una sombra que rondaba, no le prestaba atención
alguna no por deliberada decisión sino porque simplemente ignoraba totalmente
su existencia, luego advertí que esa figura etérea correspondía a la misma
persona: un tano flaco, desgarbado, bastante alto, que se atravesaba en mi camino
cada vez que concurría a visitar el descanso de Ovidio.
Si iba en pos de agua
fresca para renovar la del florero, aparecía a mi lado, saludaba con un
correcto “buenas tardes” al que yo respondía, invariablemente, con una leve
inclinación de cabeza. Si no
coincidíamos junto a la bomba, de una manera u otra, asomaba frente a la tumba
de Ovidio, pedía disculpas, “perdón”, y pasaba tímidamente en respetuoso
silencio.
Recién el quinto o sexto miércoles, cuando ya me
había percatado de su existencia, se atrevió a decir algo más que “perdón” o
“buenas tardes”, fue allí cuando –movida por la curiosidad- también le formulé
algunas preguntas sobre su origen, sobre la cruz que crecía a nuestras
espaldas, o sobre el cansancio que un trabajo tan agotador generaría, en fin,
apenas una charla de cortesía.
En la siguiente visita no necesitó simular
casualidad, ni bien descubrió la llegada del vehículo descendió del andamio y,
cuando llegué a la sepultura de mi buen Ovidio, estaba allí esperándome, con
una sonrisa. Se comedió a buscar el agua para el florero y luego, respetuoso de
mi intimidad, se alejó unos metros mientras yo hablaba, silenciosamente, con mi
amado. Apenas percibió que había finalizado regresó, se ubicó sobre una tumba
cercana y dialogamos durante lo que a mí me parecieron unos pocos minutos. Don
Aizpuru no estuvo tan de acuerdo con la brevedad de la charla, ya que de
regreso al “De Dión” lo hallé alborotado pensando que tal vez me hubiese
ocurrido algo, por lo extenso de la visita.

Casi lo olvido. Fue en esa ocasión, al regresar con
agua fresquita para las flores, que extendió su mano y se presentó:
-Pietro Giuffrida.
-Mucho gusto –respondí mientras la estrechaba:
Petrona Zúñiga.
La coincidencia de los nombres le hizo gracia. Si
bien Pietro era claramente de origen itálico y Petrona castizo, ambos comparten
el mismo significado: firme como la piedra. Al escuchar la referencia le recordé
las escrituras donde el evangelista hace decir a Jesucristo: “tú eres Pedro,
piedra, y sobre ti edificaré mi iglesia”.
Pietro encontró inmediatamente otra coincidencia:
-¿Sabe cómo llama el arquitecto al material con que
se construye la cruz? –señaló con su mano rústica los baldes que, a pocos
metros de nosotros, subían sin descanso para volcar su contenido dentro de los
encofrados.
Manifesté mi perfecta ignorancia, entonces dijo:
“piedra líquida”.
Sonreí ante la referencia, ese italiano con su
cocoliche derramaba simpatía. Pensarán ustedes que en mi relato se expresa en
cuidado castellano, sí, ocurre que ante mi incapacidad de transcribir sus
dichos en la media lengua con la que se expresaba opté por castellanizarlas.
Pido disculpas, el relato sería más fiel si la verba de Pietro estuviera
transcripta con precisión quirúrgica, pero… no soy capaz de reproducir sus
palabras con la exactitud requerida.
Con cada visita al cementerio avanzábamos un poco
más en el conocimiento del otro, las preguntas –lo descubrí con cierta
sorpresa- surgían los días previos, como si estuviese esperando la charla del
miércoles con aquél italiano. Cuando se lo confesé, con cierta vergüenza,
reveló que le ocurría algo similar, fue grato escucharlo, una ventisca de mutua
atracción nos hizo sonreír al unísono.
Uno de esos miércoles indagué sobre los motivos que
lo trajeron a Argentina. No es que fuera infrecuente, todo lo contrario, incontables
buques cruzaban el Atlántico con miles –más aún, decenas de miles- de italianos
y españoles que venían a hacer la América. Los “gringos”, como algo
despectivamente los llamábamos, eran una colonia amplia y poderosa en todo el
territorio nacional. Incluso aquí, en Laprida, se habían congregado en
instituciones prestigiosas, como la “Italia Unita”.
Sin rodeos, pregunté:
-¿Cuándo llegó a ésta Patria, Pietro?
El recuerdo estaba fresco en su memoria, ni siquiera
necesito pensarlo: “el 14 de mayo del 30”, dijo. Y agregó otras precisiones:
“recién había cumplido los 32 años cuando partí de Sicilia”. Hice el cálculo
mental con rapidez: ya había cumplido los 40 años por estos días, once más que
mis 29.
-¿Extraña su tierra? –pregunté mientras me sentaba
en la tumba que encontré más cómoda de las cercanías. Los albañiles caminaban
haciendo equilibrio por esos débiles andamios de madera hacia lo alto de la
cruz, daba vértigo el sólo verlos.
-Por supuesto –respondió- no hay como la Patria de
uno. Sueño con Sicilia cada vez que duermo…
Soy una joven sencilla de pueblo, que aún no llega a
la tercera década de vida, tal vez más informada que mis amigas, pero no
demasiado conocedora de las cosas del mundo. Pietro comentó, como al pasar, que
su primer destino fue la ciudad de Rosario. Un siciliano que llega a Rosario en
los primeros años de la década del ‘30… No es necesario contar con mucha
información, ni ser mal pensada, pero dos más dos, siempre da cuatro. Cualquiera
que leyera los diarios con cierta frecuencia llegaría a la misma conclusión.
¿Me dirán prejuiciosa? ¿Nunca escucharon hablar
sobre la mafia rosarina? Por supuesto que lo saben, si hace pocos años atrás el
Diario La Nación escribía casi a diario sobre el tema.
-¿No me estará diciendo que se vinculó con sus
paisanos en la “Chicago argentina”? –avancé sin disimulo, la creciente
atracción que nos profesábamos me permitía ser punzante en las preguntas, estaba
segura de que Pietro no se molestaría con nada de lo que le dijera.
La referencia a la Chicago argentina era por demás
transparente, una alusión directa a las mafias sicilianas. Pietro se sonrojó,
pero no evadió la respuesta:
-Eran las únicas personas que conocía… –se
justificó, prudente-. Espero que no sea motivo para perder nuestras charlas…
-Descuente que no… -le sonreí, mientras pensaba que
ese italiano cada día me resultaba más atractivo, ese pensamiento me perturbó
levemente pues estaba junto a la tumba de mi buen Ovidio. Él prosiguió:
-Trabajé con Juan Galiffi –mi rostro exageró su
expresividad, Pietro lo advirtió, entonces preguntó: ¿lo conoce?
Lancé una risotada, impropia de una dama, y
repregunté retóricamente: “¿Chicho Grande?”. Pietro, simpático a más no poder,
devolvió otra carcajada:
-Ah, veo que sí.
La charla ganaba en interés, pero Aizpuru aguardaba
en el “De Dion”, así que opté por concluirla. No obstante fue imposible
evadirme en toda la semana de esa maraña de sicilianos que, en aparente simple
coincidencia, se mezclaban en estos días: Pietro, el arquitecto de la cruz,
Chicho Grande, y si se menciona al Grande casi que naturalmente aparece el otro
siciliano, su rival: el Chicho Chico.
Los periódicos escribieron sobre el tema: Chicho
Grande invitó a su paisano a la propiedad que poseía en la ciudad de Buenos
Aires. Corría el año ‘32 y ambos rivalizaban por el control de la mafia
rosarina. Chicho Grande fue el iniciador en la utilización de secuestros
extorsivos, pero su homónimo exageraba en su uso: mantenía, por aquellos días,
retenidos a otros dos italianos y hasta secuestró a gente ajena a la
colectividad, familias bien de la Capital. Fue lo que leí en los diarios viejos
que mi padre se encaprichaba en guardar, en pilas casi tan altas como la cruz
de Salamone, amontonadas en la habitación de planchar.
Demasiado escándalo para el gusto de Chicho Grande.
Chicho Chico aceptó el convite, viajó hasta la casa
de su enemigo en la Capital, debían lograr acuerdos de convivencia entre ambos
grupos, pero nadie supo más de él... hasta casualmente este año, 1938, cuando
otro detenido, hombre de Chicho Grande, contó que el Chico fue estrangulado con
un alambre durante aquella visita. Envuelto en una lona, sacaron luego el
cadáver en un automóvil para enterrarlo en una quinta por la zona de Castelar.
Lo leí en Caras y Caretas.
Un frío helado recorrió mi columna vertebral cuando percibí
que “mi” Pietro, ese albañil afable, tuvo tratos con aquella gente. Más que
tratos: fue uno de ellos. Comprender cabalmente esa situación me estremecía,
pero no soy de las que se asusta fácilmente. El domingo siguiente, mientras
cosía una falda larga que pensaba estrenar en los próximos días de primavera,
descubrí que me atormentaba más la ansiedad que el temor. ¿A quién no le
carcome la curiosidad cuando sabe que puede escuchar de boca de un protagonista
una historia truculenta?
Continué revisando periódicos antiguos hasta el día
de la visita, mi padre no comprendía mi nueva afición por los diarios viejos
que tantas veces había deseado quemar.
-¿Viste que para algo servirían? –ironizó al verme
metida entre sus pilas.
A veces comprendemos tarde las cosas. El
entendimiento nos cae como un inesperado baldazo de agua fría. Olvidé conseguir
flores para Ovidio, estuve a punto de cancelar mi visita, nunca me había
ocurrido: no falté ningún miércoles, ni deje de llevarle flores, por humildes
que fueran. Darme cuenta de que ese día visitaba el cementerio más interesada
en el italiano que en mis deberes para con mi prometido, significó una profunda
desazón.
¿Estaba enamorándome de Pietro? ¿Olvidaba a Ovidio
poco a poco?
Me sobrepuse, por supuesto, una mujer siempre se
sobrepone.
Ni bien llegó Aizpuru nos pusimos en camino. Al
llegar, Pietro ya rondaba el descanso de Ovidio, pedí disculpas a mi difunto
amado por el descuido en la ausencia de flores frescas.
Me sentía tan culpable… como si estuviera cometiendo
un acto de infidelidad absurdo.
Luego abordé sin dubitaciones al siciliano:
-¿Es verdad que los familiares de los secuestrados recibían
un papel donde se les exigía rescate firmado por una mano negra?
Miró la enorme cruz, casi totalmente construida,
luego bajó su vista hacía el lugar en que algunos de sus colegas se dedicaban
afanosamente a construir dos conos invertidos, también gigantes, con los
vértices apuntando hacia el cielo, que acompañarían la escultura del Cristo, así
como los ladrones lo escoltaron en el momento de su crucifixión, era evidente
que Pietro prefería cambiar de tema:
Se refería a la escultura gigantesca que emplazarán
sobre la cruz. Acababa de llegar pocos días antes en uno de los trenes del
Ferrocarril del Sud. La imaginación afiebrada de los locales dio origen a una
versión que don Aizpuru, apenas ver los grandes trozos en que se dividió la obra
para facilitar su traslado, no se contuvo en referirme:
-¿Se enteró de lo que hizo don Benito? –se refiere a
Benito Martínez, el caudillo de los conservadores locales.
-No, ¿cuál fue la última ocurrencia del Senador?
-Cuentan que al enterarse de que el Cristo iba hacia
Bahía Blanca en tren se presentó en la Estación y, a punta de pistola, ordenó:
“éste cementerio se queda en Laprida”.
Lancé una carcajada, para dejar en claro que la
anécdota era una ocurrencia sin sentido. Sólo una mente simple como la de
Aizpuru podría creer que, luego de seis meses construyendo una enorme cruz de
piedra líquida, la escultura de Chierico no estaría destinada a nuestro
cementerio, pero no tuve deseos de iniciar un intercambio con mi chofer así
que, como casi siempre, opté por seguirle la corriente:
-Don Benito acaba de anotarse un poroto para las
próximas elecciones –ironicé, todo el mundo sabía que los conservadores no
necesitaban de los votos para ganar los comicios, con cambiar las urnas, les era
suficiente.
Aizpuru, como yo y el resto de mi familia,
simpatizábamos con el yrigoyenismo, pero era estricto en evitar la charla
política dentro de su vehículo: asintió en silencio y abandonó el tema.
Acababa de preguntarle a Pietro sobre la mano negra
con la que los diarios dicen que la mafia rosarina firmaba sus notas de
secuestro, no iba a permitir que ese siciliano se escapara por la tangente, así
que insistí:
-Cuénteme de la mano negra…
Esta vez no se resistió: “Don Juan empezó con los
secuestros de gente de la colectividad, luego les enviaba una nota con el
pedido de rescate y la firma era, como Usted dice, una mano negra”.
-¿Y luego?
-Luego lo que ya conoce… –me miró como implorando
piedad- las familias pagaban y les devolvíamos sano y salvo a su ser querido.
-Pero el pago podía no llegar…
-Siempre llegaba, todos sabían que Don Juan –se refiere
a Chicho Grande- no era hombre de bromas. Las cosas se perturbaron cuando llegó
Chicho Chico.
-¿Por qué? –quise saber, aunque ya conocía la
historia a través de mis lecturas.
-Chicho Chico fue poco discreto, sus trabajos eran
demasiado llamativos, tan visibles como esa mole –señaló la cruz-. Eso fue lo
que molestó a don Juan, la publicidad no es buena en este rubro, solía decir.
Tenía razón. El Chico empezó a secuestrar gente de la alta sociedad de Buenos
Aires, eso no estuvo bien.
De pronto, Pietro se encierra en sus pensamientos,
olvida que está frente a mí, sentado sobre el mármol blanco de una lápida. En
éstas horas de la siesta primaveral el color de las flores contrasta más que
nunca frente al gris de las tumbas, pero él no lo advierte, piensa en Rosario.
-La policía –continúa, trato de no interrumpirlo con
nuevos interrogantes, aunque me surgen a borbotones- era parte del arreglo, por
supuesto, pero cuando secuestran a un artista famoso o a un señor bien de la
Capital, ya no puede hacerse la distraída. Por eso don Juan terminó con Chicho
Chico…
Me aprovecho de su imprevista disposición a la
confidencia para ir a fondo con mis dudas. Le lanzo la pregunta más íntima, que
lleva meses rondando en mi cabeza:
-¿Has matado? –lo tuteé por primera vez, pero él ni
siquiera lo percibió.
-No es algo de lo que me enorgullezca… pero existen
ocasiones en las que un hombre no tiene otras opciones.
Podría haber puesto en duda eso de la falta de
“opciones” pero no era el momento adecuado.
Me estremeció escuchar que un hombre admita que arrancó
por la fuerza la vida de otros semejantes. No obstante, no fue esa la revelación
que más me sacudió. Las nuevas confesiones vinieron luego, en miércoles
subsiguientes. Aquella tarde no agregó nada más. Lo invadió una mudez tan
cerrada como la de las tumbas que nos rodeaban, Pietro calló y yo opté por no
tratar de sonsacar nuevos detalles. Se lo notaba perturbado por vaya una a
saber qué recuerdos terribles.
El Cristo de Chierico se elevaba, por partes, en un
juego de poleas y roldanas hacia su ubicación definitiva. Los obreros, en lo
alto, recibían los grandes trozos y los fijaban sobre la cruz de piedra líquida
que comenzaba a vestirse con ese cuerpo sufriente. Aquellos hombres trabajaban
sobre andamios de maderas demasiado débiles a la vista. Evitaba observar esos
ascensos, especialmente cuando descubría a Pietro, yendo de madera en madera, a
más de veinte metros de altura.
-La piedra líquida esconde sus secretos –dijo un
miércoles de 1938, cuando los últimos fríos calaban los huesos, y era evidente
que restaba poco tiempo para que finalice la obra, los albañiles ya avanzaban
en los detalles: el friso exterior de piedras, las escaleritas de acceso, los
mosaicos esmeralda del hall.
Quizás una nostalgia anticipada me iba ganando.
Pronto se inauguraría la gran cruz. Mientras caminaba por el pasillo de
pedregullo, que al paso de mis pies sonaba como un murmullo que no puedo dejar
de vincular con la muerte, sentía que –con el nuevo y majestuoso portal- mis
visitas perderían algo de sentido: ¿seguía visitando el cementerio por Ovidio o
los motivos tenían que ver con mi súbito enamoramiento de ese italiano flaco y
parco?
Los albañiles, dentro de pocos días, cargarían el
sobrante de materiales, la madera de los andamios y encofrados, las
herramientas y se marcharían.
Adiós a las charlas con el siciliano sentado en las
lápidas frías de las tumbas.
Adiós a Pietro y nuestro amor platónico.
Él sentiría lo mismo, supongo. Lo notaba en su
mirada, en algún gesto inesperado, en el tono dulce de su hablar cocoliche. Tal
vez por eso estaba tan dado a las confesiones: que yo lo supiera, me explicó
durante el que aún no sabíamos sería nuestro último encuentro, era una forma de
que él continuara cerca de mí.
Pensé que no le faltaba razón, un secreto compartido
enlaza vidas más allá de las distancias.
-¿Qué es lo que debo saber? –insistí, para animarlo
a esa confesión última, a quitar de su boca ese secreto que, según él,
enlazaría nuestras vidas.
-En la piedra líquida… -balbuceó- se esconden dos
cuerpos.
No logré entender a qué se refería.
¿Cuerpos en la piedra líquida?
-¿De qué estás hablando, Pietro? –volví a tutearlo.
Inspiró una bocanada del aire helado de julio, trató
de tranquilizarse, y prosiguió esta vez con mayores precisiones:
-Dos muertos. Unos paisanos míos, compañeros en los
tiempos de Don Juan, trajeron dos cuerpos de secuestrados que no pagaron y los
escondieron dentro de los encofrados.
-Pero Pietro –pensé que deliraba-, Chicho Grande fue
deportado hace unos meses, su gente ya no comete ese tipo de tropelías, la
banda fue desarmada, muchos están presos, por algo estás vos acá, escondido,
huyendo.
-Sí lo sé, señorita Petrona, no piense que desvarío.
-¿Entonces?
-Algunos siguen trabajando –aclaró- huyeron a
Córdoba, otros a Mendoza, hacen pequeños trabajos, así fue que ocurrió. Tuve
que prestarles este último servicio.
Me senté sobre la loza de una tumba, miré a Pietro,
la cruz de treinta metros se erguía a sus espaldas. Traté de imaginar los
cuerpos lanzados al interior del encofrado de madera y luego la piedra líquida
aprisionándolos para toda la eternidad, ocultos para siempre.
Aquella tarde tuvo sabor a despedida, si bien aún no
lo sabíamos. Tal vez lo presentíamos: Pietro me miró como ni siquiera Ovidio lo
hizo, sentí esa mirada, cargada de deseos que nunca serían satisfechos. Partí,
como todos los miércoles, en el “De Dión” de Aizpuru, desandando el camino
hacia mi hogar, al miércoles siguiente los constructores se habían marchado. Ni
pistas de Pietro, ni del resto, el terreno estaba listo para inaugurar la cruz
monumental.
Suelo extrañar a Pietro, con sus ropajes rústicos,
manchados, y su cocoliche simpático. Cuando eso ocurre, se ensombrece mi alma,
me atraviesa una tristeza profunda, por lo que pudo ser y no permitimos que
fuera.
Lo que más me daña es ver la cruz, claro, es lógico,
ella me remite directamente, como el relámpago que nos ilumina durante la noche
de tormenta, a su figura, a nuestras charlas, a nuestro secreto…
Evito esas tristezas, tal vez por eso ya no visito la
tumba de mi amado Ovidio.
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